miércoles, 29 de septiembre de 2010

101 MITOS DE LA BIBLIA 1º - de Gary Greenberg




Gary Greenberg


101 MITOS DE LA BIBLIA


INDICE de PALABRAS
101 MITOS DE LA BIBLIA 1º
 



Introducción
Tercera parte
Introducción


Prefacio

En 101 Mitos de La Bíblia, examino muchas historias del Viejo Testamento y demuestro su naturaleza mitológica. Al escoger las historias, he seleccionado el material en base a tres categorías amplias.

En primer lugar, seleccioné historias con al menos dos versiones contradictorias en La Bíblia. Quería mostrar no solo la existencia de contradicciones, lo que significaría que por lo menos una de las versiones no era cierta, sino que también quería explicar cómo se produjeron esas contradicciones, lo que para mí era mucho más interesante. ¿Cuál era la historia detrás de la historia?

En muchas ocasiones, las inconsistencias reflejan las guerras propagandísticas entre los reinos de Judá e Israel. En otras, una versión anterior fue reemplazada por una posterior. Esto es especialmente cierto en los relatos de la Creación y el diluvio, en las que las influencias egipcias de las primeras épocas entraron en conflicto con las fuentes babilonias, más tardías.

Segundo, busqué historias bíblicas que tuvieran analogías estrechas con los mitos y leyendas anteriores de culturas vecinas. En algunos casos las influencias eran obvias, como en el mito babilónico del diluvio, pero en otros la labor era mucho más compleja. A causa del énfasis bíblico en el monoteísmo, los autores eliminaron los símbolos y referencias a otras deidades que no fueran el Dios hebreo. Estos cambios se realizaron transformando las deidades extranjeras en personajes humanos y, en otras ocasiones, cambiando el lugar en el que sucede la historia.

Como consecuencia, esta versión suele disfrazar la verdadera naturaleza de la historia bíblica, haciendo difícil identificar la fuente mitológica anterior. Sin embargo, en muchos casos los editores pasaron por alto signos delatores de estas fuentes y, aún en esta forma disfrazada, suele ser posible arrancar los disfraces y apreciar los elementos mitológicos que los autores bíblicos enmascararon.

La tercera categoría incluye historias que, sencillamente, no pudieron ser verdad. Me preocupé en primer lugar de los datos arqueológicos que indicaban que los acontecimientos descritos en La Bíblia no podían haber sucedido en la franja de tiempo que en ella se indicaba. Varias de estas historias describen la destrucción por parte de Israel de las ciudades enemigas durante las campañas de Canaán y Transjordania. Las evidencias arqueológicas muestran que muchas de esas ciudades no existían en tiempos de Moisés y Josué.

En esta categoría, decidí evitar, a sabiendas, las historias de naturaleza milagrosa en las que el único argumento sería una violación de las leyes de la física. Sería técnicamente correcto, por ejemplo, refutar la historia de los siete días de la Creación por lisa y llana violación de los principios científicos, pero no tiene sentido incluir estas historias. Para aquellos que creen en la capacidad de Dios para realizar milagros que sobrepasan el orden natural, esos argumentos no tendrían valor. Para los otros, estaría predicando lo obvio, y no hay nada particularmente interesante en ello.

Sin embargo, no ignoro los milagros. Pero en lugar de refutarlos como simples violaciones de las leyes de la física, elijo ir a la parte de atrás de la historia, buscar las influencias anteriores que originaron la narración bíblica, mostrar las fuentes en las que se basó el autor para su narración.

A lo largo del presente libro, ofreceré una serie de argumentos con los que están de acuerdo la mayoría de estudiosos de la Biblia. En otros casos, sin embargo, ofrezco nuevas perspectivas sobre temas complicados respecto a los que la comunidad académica todavía ha de pronunciarse adecuadamente.

Soy particularmente entusiasta a la hora de mostrar cómo la literatura y la mitología egipcias influenciaron los primeros estadios de la historia bíblica, sobre todo en las narraciones de la Creación y el diluvio y las de la época patriarcal, un tema que ha sido irresponsablemente ignorado. La falta de atención a este tema, tanto por parte de los egiptólogos como de los estudiosos de La Bíblia es muy desafortunada. Se trata de un esfuerzo consciente y deliberado de mantener separadas las dos esferas de conocimiento, a pesar de que La Bíblia muestra una larga y continua relación entre el antiguo Israel y Egipto. Ésta nos presenta a Israel en Egipto durante sus años formativos, viviendo al estilo egipcio, educándose en las ideas egipcias y residiendo en el país durante siglos antes de El Éxodo. Nos describe a José como primer ministro de la nación y casado con la hija del sacerdote principal de Heliópolis, la bíblica On, uno de los centros culturales y religiosos más influyentes de Egipto. Sus dos hijos, Efraím y Manases, eran medio egipcios y fueron educados como egipcios. Efraím fue el heredero de José y fundó el reino de Israel; Manases tenía la base territorial más amplia de todas las tribus.

Moisés, según la narración bíblica, fue criado y educado en la corte real egipcia y muchos miembros de su tribu, Leví, tenían nombres egipcios. El rey Salomón desposó una princesa egipcia y para ella construyó un templo egipcio en Jerusalén. El sentido común nos indica que debía estar acompañada por una gran séquito de sirvientes y sacerdotes egipcios para administrar las necesidades del templo. Jeroboam, cuando huyó de Israel para escapar de la ira de Salomón, residió en Egipto antes de liderar la separación de Israel de Judá.

E históricamente, Egipto ejerció una gran influencia sobre Canaán desde bastante antes de El Éxodo hasta bien entrado el primer milenio a.C. Un sello de un funcionario hebreo de la corte del rey Oseas de Israel (h. 730 a.C.), por ejemplo, muestra al funcionario vestido con un ropaje típicamente egipcio de pie sobre un icono egipcio de un disco alado, lo que nos indica la fuerte influencia de las ideas egipcias sobre la corte del reino de Israel.

A medida que avanzamos por las narraciones de la Creación y la época patriarcal, comprobamos cómo la mitología egipcia influenció de forma significativa la interpretación y las creencias hebreas sobre su historia primitiva. Estas influencias nos conducen a la cuestión del origen del monoteísmo hebreo. ¿Cómo, cuándo y dónde se originó?

El monoteísmo bíblico parece haber sufrido una evolución. En sus primeros estadios, los hebreos concibieron una deidad creadora todopoderosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaismo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ángeles y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.

La idea de un Creador todopoderoso que originó a su vez otros seres sobrenaturales hunde sus raíces en el antiguo Egipto. Era allí una creencia central en la mayoría de cultos religiosos que un solo Creador era el responsable de todo lo existente, incluyendo la apariencia de las demás deidades. Las otras naciones del Próximo Oriente no poseían una mitología similar. Fueron los puntos de vista egipcios los que influenciaron en un principio la comprensión hebrea de los primeros tiempos, y veremos cómo muchos de estos mitos egipcios de la Creación aparecen contestados en La Bíblia.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza de la teología cambió. Mientras que los egipcios también adoraban a las otras muchas deidades creadas por el Creador primigenio, en la época de Moisés se pone un nuevo énfasis en la idea de que está deidad creadora es la única que debe ser adorada. Nadie, por ejemplo, adora nunca a los ángeles de Dios. Esta perspectiva queda reflejada en el mandato bíblico: «No tendrás más dios que yo». La idea de que sólo una deidad entre muchas debe ser adorada se conoce como henoteísmo en lugar de monoteísmo.

Durante un breve lapso a mediados del siglo xiv a.C., Egipto experimentó una forma de monoteísmo autoritario bajo un faraón llamado Akhenatón. Aún está por desarrollar una comprensión completa de la teología de Akhenatón, pero su existencia durante un tiempo en el que es muy probable que Israel estuviera todavía en Egipto hace que surjan preguntas sobre la influencia que sus ideas pudieron tener sobre los hebreos educados de su reino. Los estudiosos de La Bíblia y los egiptólogos se apartan de su camino para construir un muro sin fisuras entre Akhenatón y Moisés, pero no descansa sobre cimientos tactuales. En mi libro anterior, The Moses Mystery: The African Origins ofthefewish People (El misterio de Moisés: Los orígenes africanos del pueblo judío), publicado en edición rústica cómo The Bible Myth, examinaba las evidencias y llegaba a la conclusión de que Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón y que el Éxodo fue el resultado de un volátil pleito religioso entre los sucesores de Akhenatón, que reinstauraron las creencias tradicionales, y sus seguidores, que perdieron el control de Egipto tras su muerte,

Sin tener en cuenta mis propias opiniones, los hebreos descritos en La Bíblia nunca abrazaron un monoteísmo puro, ni había una única religión universal. Muchos personajes bíblicos importantes en los tiempos posteriores al Éxodo, por ejemplo, tenían nombres acabados en «Baal», la más importante deidad de Canaán. Gedeón, uno de los más famosos de los primeros Jueces, era también conocido como Jerub-Baal (o Yerubaal), y Saúl, primer rey de Israel, tenía un hijo llamado Esh-Baal que le sucedió en el trono. Estos nombres con referencias a Baal resultaron ser una vergüenza para los redactores finales de los primeros libros de la Biblia, por lo que añadieron glosas ficticias para explicar la aparente inconsistencia o cambiaron la terminación Baal por «Bosheth», la palabra hebrea que significa vergüenza.

La creencia en otras deidades va más allá de las convenciones de los nombres. Salomón, por ejemplo, tuvo muchas mujeres que no eran hebreas y para ellas construyó numerosos santuarios religiosos en los que pudieran adorar a sus deidades no hebreas. Más tarde, los escribas atribuyeron la ruptura del imperio de Salomón a un castigo de Dios por su apostasía. Jeroboam, el primer rey de Israel tras la ruptura con Judá, no sólo erigió becerros de oro en los lugares de culto, sino que creó templos para rivalizar con el de Jerusalén. Y, a través del periodo de la monarquía, los escritores bíblicos nos explican que los hebreos sucumbieron constantemente a las influencias religiosas de filisteos y cananeos.

Bajo el rey Josías (640-609 a.C.), se realizaron numerosas reformas religiosas y emergió una fuerte oposición a la adoración de ídolos. Pero no podemos afirmar con seguridad que el monoteísmo puro empezara a ser parte de la religión hebrea en este momento, ya que las creencias anteriores se habían incrustado en las tradiciones y escritos hebreos. Finalmente, un solo redactor o, con más probabilidad, una escuela de redactores posterior al siglo v a.C. reunió las principales fuentes y tradiciones para producir la primera versión de la historia bíblica en su forma actual, y la rosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaismo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ángeles y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.

La idea de un Creador todopoderoso que originó a su vez otros seres sobrenaturales hunde sus raíces en el antiguo Egipto. Era allí una creencia central en la mayoría de cultos religiosos que un solo Creador era el responsable de todo lo existente, incluyendo la apariencia de las demás deidades. Las otras naciones del Próximo Oriente no poseían una mitología similar. Fueron los puntos de vista egipcios los que influenciaron en un principio la comprensión hebrea de los primeros tiempos, y veremos cómo muchos de estos mitos egipcios de la Creación aparecen contestados en La Bíblia.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza de la teología cambió. Mientras que los egipcios también adoraban a las otras muchas deidades creadas por el Creador primigenio, en la época de Moisés se pone un nuevo énfasis en la idea de que está deidad creadora es la única que debe ser adorada. Nadie, por ejemplo, adora nunca a los ángeles de Dios. Esta perspectiva queda reflejada en el mandato bíblico: «No tendrás más dios que yo». La idea de que sólo una deidad entre muchas debe ser adorada se conoce como henoteísmo en lugar de monoteísmo.

Durante un breve lapso a mediados del siglo xiv a.C., Egipto experimentó una forma de monoteísmo autoritario bajo un faraón llamado Akhenatón. Aún está por desarrollar una comprensión completa de la teología de Akhenatón, pero su existencia durante un tiempo en el que es muy probable que Israel estuviera todavía en Egipto hace que surjan preguntas sobre la influencia que sus ideas pudieron tener sobre los hebreos educados de su reino. Los estudiosos de La Bíblia y los egiptólogos se apartan de su camino para construir un muro sin fisuras entre Akhenatón y Moisés, pero no descansa sobre cimientos tactuales. En mi libro anterior, TheMoses Mystery: TheAfrican Origins ofthefewish People (El misterio de Moisés: Los orígenes africanos del pueblo judío), publicado en edición rústica cómo The Bible Myth, examinaba las evidencias y llegaba a la conclusión de que Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón y que el Éxodo fue el resultado de un volátil pleito religioso entre los sucesores de Akhenatón, que reinstauraron las creencias tradicionales, y sus seguidores, que perdieron el control de Egipto tras su muerte,

Sin tener en cuenta mis propias opiniones, los hebreos descritos en La Biblia nunca abrazaron un monoteísmo puro, ni había una única religión universal. Muchos personajes bíblicos importantes en los tiempos posteriores al Éxodo, por ejemplo, tenían nombres acabados en «Baal», la más importante deidad de Canaán. Gedeón, uno de los más famosos de los primeros Jueces, era también conocido como Jerub-Baal (o Yerubaal), y Saúl, primer rey de Israel, tenía un hijo llamado Esh-Baal que le sucedió en el trono. Estos nombres con referencias a Baal resultaron ser una vergüenza para los redactores finales de los primeros libros de La Biblia, por lo que añadieron glosas ficticias para explicar la aparente inconsistencia o cambiaron la terminación Baal por «Bosheth», la palabra hebrea que significa vergüenza.

La creencia en otras deidades va más allá de las convenciones de los nombres. Salomón, por ejemplo, tuvo muchas mujeres que no eran hebreas y para ellas construyó numerosos santuarios religiosos en los que pudieran adorar a sus deidades no hebreas. Más tarde, los escribas atribuyeron la ruptura del imperio de Salomón a un castigo de Dios por su apostasía. Jeroboam, el primer rey de Israel tras la ruptura con Judá, no sólo erigió becerros de oro en los lugares de culto, sino que creó templos para rivalizar con el de Jerusalén. Y, a través del periodo de la monarquía, los escritores bíblicos nos explican que los hebreos sucumbieron constantemente a las influencias religiosas de filisteos y cananeos.

Bajo el rey Josías (640-609 a.C.), se realizaron numerosas reformas religiosas y emergió una fuerte oposición a la adoración de ídolos. Pero no podemos afirmar con seguridad que el monoteísmo puro empezara a ser parte de la religión hebrea en este momento, ya que las creencias anteriores se habían incrustado en las tradiciones y escritos hebreos. Finalmente, un solo redactor o, con más probabilidad, una escuela de redactores posterior al siglo v a.C. reunió las principales fuentes y tradiciones para producir la primera versión de la historia bíblica en su forma actual, y la editaron lo mejor que pudieron para eliminar las inconsistencias entre el monoteísmo y las creencias religiosas previas.

Los mitos suelen estar basados en historias ficticias o erróneas, pero siguen siendo artefactos literarios. Y al igual que los artefactos que aparecen en las diferentes capas de una excavación arqueológica nos muestran el desarrollo histórico y cultural de un pueblo, la existencia de capas mitológicas algo nos explica de las gentes que creían en esos mitos. En 101 Mitos de La Bíblia, examinaremos las capas de artefactos mitológicos y veremos lo que las estratificaciones nos revelan sobre cómo la cultura y la historia bíblica llegaron a existir.

Por conveniencia, he dispuesto las historias bíblicas de manera que sigan de cerca su orden de aparición en La Biblia. Las he dividido también en tres secciones, «Los mitos del inicio», «Los mitos de los fundadores» y «Los mitos de los héroes». Como muchas personas creen que los autores de los diferentes libros de La Biblia estaban inspirados por la divinidad, y ya que este libro explora las fuentes de muchas de las narraciones bíblicas, prefiero pensar que estas historias son como una restauración en La Biblia de las notas a pie de página de Dios, volviendo a colocar las citas de las fuentes que los autores omitieron.

El estudio de los símbolos en La Biblia escapa al propósito y alcance de este libro, pero no es menos sugerente. Consideremos, por ejemplo, el relato sobre Caín y Abel desde ese punto de vista: Caín simbolizaría el Tiempo y Abel el Espacio. Como se sabe, el Tiempo mata al Espacio y desde entonces vivimos y morimos «presos de las garras del tiempo»... En otras palabras, los textos ofrecen una amplia gama de posibilidades de considerar el misterio que se revela a la comprensión humana (N. del E.).

Introducción

La gente estudia La Biblia por una amplia variedad de razones. Unos buscan una guía espiritual o moral en su pozo de sabiduría. Muchos otros la leen por sus narraciones y poesías, entre las más bellas de toda la literatura. Incluso hay quienes la leen como relación de nuestras raíces culturales. Y aún otros por la visión que nos ofrece sobre la vida y obras de las personas en las civilizaciones antiguas.

Para millones de personas, sin embargo, La Biblia es la infalible palabra de Dios, por lo que sus mandamientos deben ser obedecidos con reverencia y sus enseñanzas deberían ser la guía principal para nuestra organización social. Pero para aquellos que estudian La Biblia de forma académica con el propósito de determinar quién la escribió, cuándo, qué hechos son ciertos y cómo llegó a adoptar su forma actual, el trabajo es una compleja colección de enigmas, muchos de los cuales todavía han de ser resueltos.

Una significativa parcela de estudio se preocupa por el desarrollo de los cinco primeros libros de La Biblia, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, conocidos colectivamente como Pentateuco (palabra griega que significa «cinco rollos») o Tora (palabra hebrea que significa «enseñanzas»). Colectivamente, explican la historia de Israel desde el inicio de la Creación a las andanzas por el desierto tras El Éxodo de Egipto. Son importantes porque nos explican cómo se desarrolló la relación entre Dios e Israel. El primer foco de atención se centra en el establecimiento de una alianza entre Dios y los primeros patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob y José; más adelante, el foco de atención se dirige a la relación entre Dios y Moisés. La historia narrada en estos libros finaliza con la muerte de Moisés mientras Israel está preparándose para llegar a la Tierra Prometida.

Aunque en estos cinco libros no se encuentran referencias a la autoría de Moisés, desde el tiempo en que pasaron a manos de los lectores, hace más de dos mil años, hasta mediados del siglo diecinueve, ha sido casi universalmente admitido por los estudiosos de la religión que era su único autor. Por esta razón, aún se identifican estos volúmenes como «Los cinco libros de Moisés».

Con el paso de los siglos, y a pesar de la agresiva oposición de las diferentes iglesias, un puñado de estudiosos señalaron una serie de inconsistencias lógicas en la idea de la autoría mosaica de estas obras. Por ejemplo, en Deuteronomio 34, 6 encontramos: «Y él lo enterró (a Moisés) en un valle de la tierra de Moab, frente a Bet-Peor: pero nadie ha sabido de su sepulcro hasta el día de hoy».

Este episodio no sólo describe el entierro de Moisés, sino que también nos dice que el paradero de su tumba es desconocido hasta el día de hoy, indicando que el pasaje se escribió bastante después de la muerte de Moisés y no pudo ser escrito por él.

A principios del siglo xvm, varios estudiosos empezaron a prestar atención al problema de los «dobletes», dos narraciones contradictorias del mismo suceso. Hasta un lector casual puede encontrar muchos ejemplos de ello: dos relatos diferentes de la Creación, dos listas diferentes de los animales que entraron en el arca de Noé, dos explicaciones diferentes de por qué cambió Jacob su nombre a Israel, dos diferentes ocasiones en las que Moisés hace brotar agua de una roca en Meribá, y muchas más.

Cuando estos dobletes se sometieron a escrutinio, los estudiosos descubrieron unas características inusuales. La más importante era la siguiente: un grupo de historias siempre utilizaba la palabra hebrea Yahvé como nombre del Dios hebreo, mientras que otro utilizaba Eiohim. Se dispusieron entonces a clasificar las narraciones según el nombre utilizado y descubrieron que las narraciones de un grupo tenían temas y estilos literarios diferentes de las del otro.

Esta división por estilo, temas y nombre condujo a la idea de que habían por lo menos dos corrientes literarias separadas que se combinaron en un solo documento, y que por lo menos una debía haber sido escrita después del tiempo de Moisés y por lo tanto, por otra persona.

La hipótesis documental

Esta línea de investigación condujo a un descubrimiento todavía más sorprendente. A principios del siglo xix, el análisis de los marcos temporales históricos, las secuencias de las narraciones, los estilos literarios y los temas religiosos mostró que había por lo menos cuatro fuentes documentales diferentes integradas en los cinco libros de Moisés, cada una con su propio punto de vista subyacente y escritas en momentos diferentes. Y, por supuesto, debía haber por lo menos un editor que combinase las fuentes en una sola narración,

Durante el siglo xix, los defensores de este punto de vista, el más influyente de los cuales fue Julius Wellhausen (1844- 1918), empezaron a investigar las capas y secuencias de estas cuatro fuentes, y al final del siglo habían establecido un marco general para el estudio del Pentateuco. Esta tesis de las fuentes múltiples es conocida como hipótesis documental y es casi imposible encontrar un estudioso hoy en día que no acepte alguna variedad de esta propuesta.

En términos generales , la hipótesis documental mantiene que hay cuatro fuentes principales de documentos en los cinco libros y que estas fuentes pasaron por estadios evolutivos antes de integrarse en una única narración. Estas cuatro mentes han recibido los sobrenombres de J, E, P y D. Cuando hablamos del autor de alguna de ellas hay que tener en cuenta que cada mente puede haber sido una colaboración a lo largo del tiempo de escritores o escuelas de escritores. Las siguientes descripciones deberían tomarse sólo como guías introductorias a las cuatro fuentes. Hacer la debida justicia a todos los temas y características distintivas asociadas a cada una ocuparía un volumen extenso.

La fuente J

La J del nombre se refiere a la utilización del nombre hebreo «Yahvé» (Jehová) para referirse a Dios. También se la conoce como la mente o redacción jehovahista (o yavhista). Originalmente, la fuente J presentaba una historia general de Israel que empezaba con la narración de la Creación, Adán y Eva y el diluvio, y continuaba por todo el periodo patriarcal hasta llegar al Éxodo de Egipto y las andanzas por el desierto. Algunos estudiosos creen que originalmente la historia de la fuente J seguía hasta los tiempos de los reyes David y Salomón y que partes de J aparecen, además de en el Pentateuco, en otros libros históricos de La Bíblia, como el de Josué, los dos libros de Samuel y el primer libro de los Reyes.

La deidad de J exhibe muchas características antropomórfícas, interacciona físicamente con los seres humanos y muestra sus emociones y reacciones ante los acontecimientos. Asimismo centra su atención en hechos y lugares de importancia para el reino de Judá bajo el rey David y sus sucesores. En esta fuente, la alianza entre Dios y la casa de Israel acaba en las manos de Judá, el cuarto hijo de Jacob y fundador de la tribu de Judá, a la que pertenecía David, La fuente J se centra también más en tos patriarcas que en Moisés.

El origen de J puede situarse en una época tan temprana como la época del rey David (principios del siglo x a.C.), pero como muchos de sus temas reflejan el conflicto entre Judá e Israel después de la muerte de Salomón, su origen puede situarse con mayor probabilidad en algún momento después de la separación entre Judá e Israel (finales del siglo x a.C.)y antes de la conquista y destrucción de Israel en el año 72 a.C.

Las fuentes E y S.

En los primeros estadios de la investigación sobre los orígenes documentales de La Bíblia, la fuente eiohista, conocida como E, incluye las narraciones que usan Elohim como nombre de Dios. Un análisis detallado muestra que, en realidad, E consistía de al menos dos fuentes separadas de documentos que usaban Eiohim como nombre de Dios pero que presentaban puntos de vista muy diferentes. La segunda fuente incrustada en E se preocupa fundamentalmente de los rituales y otros temas sacerdotales, con las fechas, medidas y números. A causa de su atención por estos temas recibió el nombre de fuente S o Sacerdotal.

Mientras que la deidad de E exhibe características antropomórfícas similares a las de J, la deidad de S es amorfa, distante y fría. La deidad antropomórfíca sostiene discusiones con los humanos; la deidad de S no realiza tal interacción.

Por lo general, se acepta que E es más antigua que S pero quizás más moderna que J. La fecha más probable de composición sería antes de la conquista asiría. El escritor eiohista centra su atención en temas del reino de Israel y da versiones de hechos históricos contrarias a las de J. En E, por ejemplo, la alianza entre Dios e Israel pasa de Jacob a José y a Efraím, cuyo territorio sirvió de capital a Israel después de la división de los dos reinos hebreos. E propone con fuerza a Moisés como héroe nacional y centra su atención en sus actos más que en los acontecimientos del periodo patriarcal anterior. E se preocupa menos por la ortodoxia religiosa que J o S. La historia de E se inicia en el periodo patriarcal después del diluvio y no dice nada sobre la Creación.

Muchos de los dobletes de E y J reflejan las guerras de propaganda religiosa y política entre Israel y Judá después de la división de ambas naciones. Judá creía en una autoridad centralizada fuerte que gobernara desde la capital de Jerusalén, con un rey que ejerciera de monarca fuertemente autoritario. E, que englobaba una coalición de varios estados que, teóricamente, englobaban diez tribus, prefería un sistema altamente descentralizado en lo político y lo religioso. El autor de E era probablemente un sacerdote levita descendiente de Moisés. Muy probablemente procedía del centro de culto de Silo, que se alió con Israel cuando éste se separó de Judá.

Mucho antes de que el Pentateuco alcanzara su forma actual, un editor intermedio combinó J y E en una única narración que omitía porciones de ambos.

La fuente S, además de su visión diferente de la deidad, se distingue de las demás por su asociación con la rama aaronita del sacerdocio. La Biblia retrata a Aarón y Moisés como hermanos de la tribu de Leví y uno de los conflictos que preocupa a la Biblia es si sólo los aaronitas o todas las ramas de la tribu de Leví deberían desarrollar la principales funciones sacerdotales del templo. S tiende a privilegiar a Aarón frente a Moisés y defiende que sólo la rama aaronita de los levitas debería realizar las principales funciones del templo. Esto sugiere que el autor sacerdotal pertenecía a una secta levita que operaba en Jerusalén, con un conocimiento íntimo de todos los rituales y características del templo de Jerusalén.

Al igual que J, S empieza con el relato de la Creación. Aunque nada tiene que decir sobre Adán y Eva o los acontecimientos del Jardín del Edén, hace contribuciones a la narración del diluvio.

Con la caída de Israel en el 722 a.C., muchos de sus ciudadanos emigraron hacia el sur, llevando a Judá nuevas presiones políticas y religiosas. Los sacerdotes refugiados llevaron consigo el punto de vista de la versión E, la que propone a Moisés como héroe y sostiene que todos los levitas son iguales. Esto era un desafío a la autoridad de la rama aaronita de Leví, y el origen de P puede situarse en un esfuerzo para reforzar su autoridad apelando a las tradiciones históricas. Probablemente, la fecha de composición de S se sitúa entre la conquista asiria y la conquista babilonia de Judá en el 587 a.C.

La fuente D

D toma su nombre del Deuteronomio, que virtualmente no contiene trazas de las otras tres fuentes al igual que no aparecen trazas de D en los otros cuatro libros del Pentateuco. Refleja los puntos de vista reformistas del rey Josías, a finales del siglo vn a.C. y empieza con la historia de Moisés. Josías, si se puede confiar en el texto bíblico, inició grandes reformas religiosas de tendencia ortodoxa, reinstaurando un gobierno político y religioso altamente centralizado. El libro segundo de los Reyes declara que la Ley de Moisés se había perdido y los ayudantes de Josías la encontraron accidentalmente en alguna parte remota del templo. Al leer los documentos descubiertos, Josías quedó sorprendido al averiguar que el reino se había apartado del camino correcto. Como reacción, dispuso una serie de reformas para reconducir al reino según las leyes acabadas de descubrir. Este libro perdido de las leyes sería el libro del Deuteronomio y si fue escrito en tiempos de Josías, puede datarse en torno al 622 a.C.

El análisis de las fuentes muestra que el Deuteronomio pertenece a un grupo mayor de obras que incluye los libros bíblicos de Josué, los dos de Samuel y los dos de los Reyes y relata la historia de los hebreos desde Moisés hasta el Cautiverio de Babilonia. Esta colección de libros históricos de La Bíblia se conoce como la «historia del Deuteronomio» y narra la historia de Israel desde los tiempos de Moisés (h. 1300 a.C.) hasta los del rey Josías (h. 622 a.C.).

El tema predominante del Deuteronomio y las historias relacionadas con él es la obediencia a Dios. Se juzga al pueblo y a sus reyes según su acatamiento de las leyes establecidas en la fuente D. De forma inevitable, todos los reyes israelitas fallan esa prueba y sólo un puñado de reyes de Judá, entre ellos David y Josías, reciben un juicio positivo.

La tableta asiría del diluvio

La hipótesis documental es sólo una forma importante de investigar los orígenes de La Bíblia. Su atención se dirige al interior del libro, se preocupa solamente del texto. Examina el estilo literario, los temas, el lenguaje y las capas de edición para dividir La Bíblia en fuentes documentales. Estas técnicas han demostrado que muchos otros libros de La Bíblia, aparte del Pentateuco, combinan múltiples fuentes, aunque diferentes de las de los cinco primeros libros.

Otra pregunta importante es la siguiente: ¿Qué ideas exteriores influyeron en los autores de J, E, S y D? Cuando J o P hablan de la Creación o el diluvio, por ejemplo, ¿sus ideas son propias y únicas de los autores bíblicos o éstos confían en ideas provenientes de las culturas vecinas? A pesar de las diferencias entre fuentes en las narraciones sobre los patriarcas y del Éxodo, ¿las narraciones básicas describen acontecimientos históricos o son cuentos y leyendas adaptadas con fines propagandísticos o de otro tipo? Después de todo, el antiguo Israel vivió en la confluencia de tres grandes corrientes culturales (la egipcia, la cananea y la mesopotámica) con tradiciones históricas y literarias más antiguas y substanciales.

La historia bíblica afirma que Israel habitó durante largo tiempo en Egipto durante sus estadios formativos. Constantemente, La Bíblia castiga a Israel por sucumbir a las influencias cananeas. Antes de que La Bíblia adquiriera su forma definitiva, la élite educada de Israel vivió un exilio forzado en Babilonia y, un siglo después, bajo el dominio más benévolo de los persas una vez éstos derrotaran a los babilonios, los líderes hebreos fueron liberados. Cualquier intento de los escribas cultos hebreos de construir su propia historia del mundo, desde la Creación hasta el momento de la escritura de cualquier mente documental, debería tener en cuenta lo que sus vecinos habían dicho sobre los mismos tiempos y lugares, porque las narraciones de los vecinos eran bien conocidas y tenían amplia circulación. Eran las narraciones que creían las personas más educadas de aquella época.

El 3 de diciembre de 1872, esta cuestión pasó a primer plano de los estudios bíblicos. En esa fecha, un asiriólogo de nombre George Smith leyó una conferencia ante la Society of Biblical Archaeology. Había estado investigando entre miles de tabletas y fragmentos procedentes de la biblioteca asiría del rey Asurbanipal, del siglo vil a.C. En lo que se conoció después como la «Tableta XI» del poema épico de Gilgamesh, escrita en acadio, una lengua semítica más antigua que el hebreo, había descubierto una narración del diluvio con remarcables paralelos con el relato bíblico.

Aunque era politeísta, mientras que La Bíblia era monoteísta, explicaba básicamente el mismo cuento. Los dioses se habían enfadado con la humanidad y habían decidido destruir la raza humana con un diluvio. Una de las deidades advirtió a un amigo humano de nombre Utnapishtim y le ordenó construir un arca y prepararse para el día fatídico. Cuando las lluvias se iniciaron, Utnapishtim condujo a su familia, a una serie de animales y a unos artesanos a la barca. Cuando las lluvias cesaron y las aguas se retiraron, Utnapishtim soltó tres pájaros en diferentes momentos para averiguar si era seguro salir del arca. Finalmente la barca embarranca en la cima de una montaña. Al igual que en La Bíblia, después del diluvio, los dioses se arrepienten de sus actos contra la humanidad.

La estructura de la narración asiría es paralela en términos generales a la narración bíblica; pero el detalle de soltar sucesivamente los tres pájaros, cosa que también sucede en la narración de Noé, es una coincidencia tal que no puede sino hacernos pensar que las dos historias comparten una fuente común.

Pero ambas narraciones también presentan múltiples diferencias. En el relato asirio el diluvio es más breve, las dimensiones del arca son diferentes, el número de personas y animales que en ella se transportan varían significativamente, las barcas no embarrancan en la misma montaña, los héroes tienen nombres diferentes y el dios que envía el diluvio no es el mismo que ordena a Utnapishtim construir el arca. Aunque la diferencia más importante es que el texto bíblico no toma prestado ninguno de los pasajes narrativos del texto asirio.

Por lo tanto, tenemos por un lado una estructura similar que parece ir más allá de la coincidencia y por el otro una amplia variación en los detalles de la historia que llegan tan lejos que parecen sugerir la existencia de dos fuentes totalmente diferentes. Sin embargo, el descubrimiento produjo una avalancha de estudios sobre asiriología dirigidos a las comparaciones bíblicas. Con el tiempo, se descubrieron otras versiones de la misma narración del diluvio en otros textos babilónicos de otras sociedades, algunas de las cuales eran anteriores al texto bíblico. Finalmente, en una coincidencia más que remarcable, una lista de reyes del siglo iv a.C., una corrupción de una lista de reyes sumeria (anterior a Babilonia) que se databa en el 2000 a.C., situaba el diluvio universal durante el reino del décimo rey que gobernó la humanidad, mientras que el diluvio bíblico ocurría en la décima generación después de la Creación.

¿Corroboran la historias mesopotámicas del diluvio, escritas antes de la narración bíblica, la opinión de ésta última de que existió un diluvio universal o muestran que los autores bíblicos se apropiaron de y adaptaron mitos y leyendas preexistentes para sus propósitos? Es ésta una cuestión que aparece una y otra vez en otras partes de La Bíblia a medida que vamos descubriendo otras literaturas antiguas con historias paralelas.

Notas a pie de página bíblicas

Mucha gente cree que La Bíblia fue escrita por inspiración divina, pero muchos autores bíblicos citan obras de referencia específicas en las que confiaban para escribir sus obras y muchos otros citan pasajes de otros libros de La Bíblia. De hecho, estas referencias serían el equivalente a las notas a pie de página. Por desgracia, aún no se han encontrado copias de los libros citados que no pertenecen a La Bíblia, por lo que no podemos evaluar la calidad de la investigación ni la fiabilidad de las fuentes. Presentamos a continuación una lista de fuentes citadas por los autores bíblicos:

1. Libro de las Generaciones de Adán (Gn 5, 1)
2. Libro de la Alianza (Ex 24, 7)
3. Libro de las Guerras del Señor (Nm 21,14)
4. Libro de Jaser (o de los Justos) (Jos 10, 13; 2 Sm 1, 18)
5. Libro de la Ley de Dios (Jos 24, 26)
6. Libro de los Hechos de Salomón (1 Re 11, 41)
7. Libro de las Crónicas de los Reyes de Israel (1 Re 14, 19 y otras nueve citas)
8. Libro de las Crónicas de los Reyes de Judá (1 Re 14, 29 y otras catorce citas)
9. Libro de los Reyes de Israel y Judá (1 Cr 9,1 y otras tres citas) 10. Libro de Samuel el Vidente (1 Cr 29, 29)
11. Libro de Natán el Profeta (1 Cr 29, 29; 2 Cr 9, 29)
12. Profecía de Ahías el Silonita (2 Cr 9, 29)
13. Visiones de Iddo el Vidente (2 Cr 9, 29)
14. Libro de Gad el Vidente (1 Cr 29, 29)
15. Libro de Shemías el Profeta (2 Cr 12, 15)
16. Historia del Profeta Iddo (2 Cr 13, 22)

Examinar algunas de estas citas puede darnos una idea de cómo algunas partes de La Bíblia llegaron a ser escritas.


La Biblia hace dos referencias al libro de Jaser (o de los Justos), una en Josué y la otra en el segundo libro de Samuel. La primera describe un incidente en el que Josué ordena al Sol y la Luna que se detengan. La segunda, que introduce un lamento de David por la muerte del rey Saúl, nos dice que David enseñó a los hijos de Judá cómo utilizar el arco. Más de trescientos años separan ambos acontecimientos.

Esto nos indica que el libro de Jaser fue escrito antes de los tiempos del rey David, a pesar de lo cual incluye una descripción de un suceso atribuido a Josué trescientos años antes. ¿De dónde obtuvo la información el autor del libro de Jaser? ¿Tenía su autor fuentes fiables o se limitó a recoger cuentos y leyendas de un periodo anterior? ¿Era un trabajo histórico o una colección de poemas? Como todavía hemos de encontrar una copia de esta obra, no podemos siquiera asegurar que Josué y David aparecieran en el texto original; el autor (o autores) de las dos referencias a Jaser puede haber reemplazado los personajes originales por los dos héroes bíblicos.

Los «Hechos de David»

La historia de David aparece principalmente en los dos libros de Samuel, con algún material adicional en el primer libro de las Crónicas, gran parte de la cual es repetitiva y se añade a la historia de David. El autor del primer libro de las Crónicas, sin embargo, cita tres mentes de los hechos de David: los libros de Samuel el Vidente, Natán el Profeta y Gad el Vidente.

Samuel el Vidente es con certeza el Samuel del que toman el nombre los libros de Samuel, y Natán el Profeta es probablemente el Natán de la corte del rey David que criticó a éste por ocultar que había hecho asesinar al marido de Betsabé para ocultar su relación con ella. Finalmente, Gad el Vidente debe ser el mismo Gad el Vidente que aconsejó a David en varias ocasiones.

Juntas, estas tres referencias sugieren que los libros de Samuel tal como los conocemos son una amalgama de varios libros anteriores, tres de los cuales se citan aquí y sobrevivieron hasta el tiempo del autor de las Crónicas en el siglo iv a.C. o más tarde.

La primera fuente mencionada es el libro de Samuel el Vidente. En Samuel, el personaje que da título al libro parece estar basado en dos individuos. Uno es Samuel el Juez, que continúa la tradición de los jueces en Israel y proporciona una guía militar y religiosa. Este Samuel está en contra de la institución de la monarquía. El otro Samuel es un profeta o vidente que apoya la monarquía y sirve para validar la autoridad real de David de Juda frente a Saúl o Benjamín. Las imágenes de los dos individuos son inconsistentes.

La referencia al libro de Samuel el Vidente puede ser a todo el corpus de Samuel tal como nos ha llegado o a la obra fuente que inspiró la parte de Samuel que apoya la monarquía. El hecho de que el autor de las Crónicas cite otras dos fuentes sobre David sugiere esto último.

El Profeta Natán es un personaje importante en la historia de David y juega un papel clave en la sucesión de Salomón como heredero al trono de David. Los libros de Samuel contienen mucha información sobre Natán, pero aún debe recuperarse el perdido libro de Natán el Profeta. Lo más probable es que quienquiera que escribiera los libros de Samuel utilizase en parte como mente a Natán el Profeta y que esta fuente continuase circulando después de la aparición de Samuel.

Para finalizar, tenemos otro libro perdido. Al no disponer de una copia del libro de Gad el Vidente, no podemos calibrar su influencia en la historia bíblica. Sin embargo era lo bastante importante para ser citado por el autor de los libros de las Crónicas.

Este grupo de obras demuestra que circulaban varias narraciones sobre el rey David y que autores posteriores rebuscaron en los textos para apoyar sus particulares puntos de vista. Que los libros de Samuel fueran canonizados y no lo fueran los de Natán el Profeta o Gad el Vidente es más un accidente de la historia que el resultado de la inspiración divina.

La división entre Israel y Judá

La separación de Israel y Judá a la muerte de Salomón es uno de los acontecimientos más importantes de toda la historia bíblica y las guerras propagandísticas entre las dos partes en conflicto afectó en gran manera la forma en que se escribió la historia del pueblo hebreo. Como ya hemos visto al hablar de la hipótesis documental, gran parte del material de las fuentes del Pentateuco reflejaba los puntos de vista de las diferentes facciones políticas y religiosas que se vieron afectadas por la división.

Como en el caso de David, parecen existir varias historias sobre el rey Salomón y los acontecimientos que condujeron a la guerra civil que siguió a su muerte. El autor del primer libro de los Reyes, por ejemplo, cita el libro de los Hechos de Salomón. El autor del segundo libro de las Crónicas cita también numerosas fuentes sobre la historia del remado de Salomón y la separación que la siguió. Asimismo, también se cita el libro de Natán el Profeta, junto con otras obras, como la Profecía de Ahías el Siloníta, las Visiones de Iddo el Vidente y el libro de Shemiás el Profeta.

Al igual que sucede con otros libros no bíblicos, no se han encontrado estas referencias, pero Ahías, el profeta de Silo, aparece en el primer Libro de los Reyes para realizar una profecía. En este episodio, anima a Jeroboam a separar Israel de Judá. A causa de su profecía, Salomón intenta matar a Jeroboam, pero éste huye a Egipto. A la muerte de Salomón, Jeroboam volvió a Israel para liderar con éxito el movimiento secesionista que separó Israel de Judá.

Que obras como la Profecía de Ahías el Silonita sobrevivieran tanto tiempo a la destrucción del reino de Israel nos muestra las dificultades que encontró el reino de Judá para eliminar la historia negativa de su gobierno y por qué sobrevivió en la historia bíblica una oposición tan fuerte al reino de Judá.

Los anales

Además de varios libros sobre individuos en particular, como Natán, Gad, Ahías e Iddo, algunos escritores bíblicos también confiaron en los informes oficiales de las monarquías. La cita de obras como el libro de las Crónicas de los Reyes de Israel y el libro de las Crónicas de los Reyes de Judá sugiere la existencia de anales reales, una forma en que los funcionarios del Próximo Oriente documentaban los sucesos de los remados sobre una base anual.

Estas «notas al pie» bíblicas muestran la variedad de los materiales en los que confiaron los escritores bíblicos y cómo se manejaron editando los materiales disponibles para conseguir su propósito. A este grupo de referencias específicas de la Biblia habría que añadir otras fuentes, como los mitos y leyendas de otros pueblos del Próximo Oriente, que circulaban ampliamente y con los que los escribas hebreos debían estar familiarizados.

Al considerar el efecto de estos materiales extra bíblicos en los escritores de La Bíblia, deberíamos tener en cuenta que los pueblos antiguos no pensaban en estos mitos y leyendas en términos de verdad o mentira. Creían que las narraciones conservaban verdades históricas, y aunque uno pudiera o no creer en un dios o en otro como agente responsable, podía seguir creyendo que el suceso relatado había ocurrido en realidad.

Las leyendas sobre los nombres de lugares nos proporcionan numerosas ilustraciones de cómo se crearon historias falsas, y la Biblia contiene numerosos relatos de este estilo. Una de las más corrientes consiste en la invención de un antecesor que tenía el mismo nombre que el territorio que ocupaba el pueblo y por lo tanto era el fundador del pueblo que habitaba esa tierra. Otro motivo común era encontrar una característica destacada de un lugar especial, como una formación rocosa graciosa o un pozo escondido y crear una leyenda sobre la formación de esa característica. Estas historias se repetían de generación en generación hasta que un relato para entretener se convertía en verdad histórica.

Sobre la terminología

Si no se indica, cuando me refiero a La Bíblia, estoy hablando de la traducción inglesa del rey Jacobo, conocida como King James Versión, que en castellano se conoce como Biblia de Jacobo I o Biblia del rey Jacobo, de 1611. Los mitos sobre los que diserto en el presente libro están basados en esa traducción.

Cuando se escribe sobre el antiguo Egipto, siempre surge el problema de cómo transliterar los nombres. Los egiptólogos han encontrado la manera. La principal dificultad es la falta de vocales del antiguo egipcio. Esto conduce a que según el autor una deidad reciba en inglés el nombre de «Amen», «Amun», e incluso «Amon». En castellano, diremos siempre Amón.

El griego es otro problema. Los primeros egiptólogos obtuvieron abundante información de los clásicos griegos, que transliteraban los nombres egipcios a su propio idioma. Como éstas eran las primeras versiones de los nombres conocidos, muchos egiptólogos continuaron, y continúan, utilizándolos. Así, por ejemplo, los famosos constructores de pirámides de la cuarta dinastía, Khufwey, Khane y Menkaure, son más conocidos en su adaptación griega, es decir, Keops, Kefrén y Micerinos.

En este libro, adopto la transliteración de Sir Alan Gardiner en su Egypt of the Pharaons. Si hago una cita de la obra de otro autor, admito la transliteración del autor (en castellano se hará servir la versión más común de los nombres propios en esta lengua).

Tabla de historia bíblica

(Todas las fechas son a.C. y están basadas en La Bíblia del rey Jacobo.)

Creación 

4004, domingo, 23 de octubre (según el obispo Usher).

3960 (según Martín Lutero).

3761 (según la tradición judía). 

Diluvio Universal

2348-2105 (lapso de posibles fechas de inicio). 

Era patriarcal

h. 2000-1500.

Éxodo de Egipto

1548-1315 (implícito en Gn 15, 13).

1497 (implícito en 1 Re 6,1).

1315 (según el análisis del autor en The BibleMyth).

1270-1250 (según la mayoría de estudiosos de La Bíblia).

Entrada en Canaán

Cuarenta años después de El Éxodo.

Gobierno de los Jueces

Finaliza hacia 1081 (implícito en 1 y 2 Re).

Finaliza hacia 1020 (según la mayoría de estudiosos de La Bíblia).

Rey David

1061 (implícito en 1 y 2 Re).

Hacia el 1000 (según la mayoría de estudiosos de La Bíblia).

Rey Salomón

1021 (implícito en 1 y 2 Re).

Hacia el 960 (según la mayoría de estudiosos de La Bíblia).

Finalización del Templo de Jerusalén

Onceavo año del rey Salomón,

Judá e Israel se separan

A la muerte del rey Salomón, cuarenta años después de acceder al trono. Fuente J documentada

Probablemente escrita entre el 960 y el 722, pero antes de E, S y D.

Fuente E documentada

Probablemente escrita entre el 960 y el 722, después de J pero antes de S y D.

Israel destruido por los asirios 722.

Fuente S documentada.

Probablemente escrita entre el 722 y el 640, después de J y E pero antes de D.

El rey Josías encuentra la Ley de Moisés 622.

Fuente D documentada

Probablemente escrita entre el 622 y el 609, después de J, E y S. 

Daniel conducido a Babilonia 605.

Exilio en Babilonia 587-539.

El rey Ciro de Persia conquista Babilonia y libera a los judíos 539.

Ester salva a los judíos de Persia H.475.

Esdrás abandona Babilonia y reintroduce la Ley de Moisés en Jerusalén 458.

Libro de las Crónicas, Nehemías y Esdrás 458 o muy poco después; probablemente escrito por Esdrás o sus seguidores.

Primera parte


Narraciones egipcias, alterando el contenido de tal manera que es difícil reconocer las raíces egipcias sin el beneficio del contexto más amplio en el que se sitúan los relatos. Hasta las localizaciones cambian. El Edén, que había estado a orillas del Nilo, es trasladado, de forma bastante torpe, a Mesopotamia por los redactores bíblicos al confundirlo con el paraíso sumerio de Dilmun.

La fuente J llena su relato con varias historias de interés humano (desde la Creación y los sucesos del jardín del Edén a la expulsión del jardín y la historia de Caín y Abel) antes de llegar a la narración del diluvio, mientras que S salta de la Creación al diluvio sin más relatos de naturaleza personal, deteniéndose tan sólo para insertar la cadena genealógica que va desde Adán a Noé. A diferencia de los relatos de la Creación, en los que ambas versiones aparecen una detrás de la otra, las dos narraciones del diluvio están muy entretejidas, en ocasiones empezando una frase con una fuente y acabándola con la otra.

Ya hemos apuntado antes que las dos versiones, J y P, del relato del diluvio estaban basadas en el mito de la Creación de Hermópolis y que después de integrarse, el texto fue modificado de nuevo para incluir las tradiciones babilonias sobre el diluvio producido en la décima generación de la humanidad. A pesar de las raíces comunes de las dos versiones egipcias, ambas proceden de tradiciones y fuentes diferentes. Tanto J como S contienen tradiciones cronológicas diferentes de las narraciones del diluvio. La fuente J está relacionada con la estructura estacional del año solar, reflejando así la procedencia de la narración de una cultura agrícola, en línea con los fundamentos agrícolas de la narración de Adán y Eva. Por el contrario, la fuente S utiliza el calendario egipcio solar-lunar, un ciclo de veinticinco años utilizado para las celebraciones religiosas, reflejando la naturaleza religiosa y sacerdotal de la fuente.

Después del diluvio, el Génesis narra la repoblación de la tierra y lo orígenes de las naciones. Estas historias genealógicas reflejan en realidad los sucesos políticos de la primera mitad del primer milenio a.C., mostrando el origen tardío y artificial de estas historias. Su fecha puede situarse después del establecimiento de Israel en Canaán y vuelve a demostrar el genio literario de los redactores de La Bíblia, que extraen mitos y leyendas de una amplia variedad de fuentes de marcos temporales diferentes y los integra, casi sin fallos, en una larga narración continua. Pero la labor era difícil y pasaron por alto algunos errores. En ocasiones encontramos errores de transmisión textual.

Mito 1: Al principio todo era un abismo

El Mito: Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba sin forma y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo. Y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas (Gn 1,1-2).

La Realidad: El Génesis utiliza el esquema hermopolitano de la Creación para describir el estado del universo antes de que comience la Creación. Los cuatro dioses han sido omitidos del relato, pero permanecen sus características esenciales.

Las dos primeras frases del Génesis describen el estado del universo antes de que el dios hebreo iniciara el proceso de la Creación. Al principio, dice, Dios creó los cielos y la tierra, pero por pasajes posteriores sabemos que los cielos y la tierra estaban sumergidos en el «abismo» durante esa etapa inicial, a la espera de ser alzados y transformados en el que es su estado físico actual.

Las palabras traducidas como «sin forma» y «vacía» aparecen en el hebreo original como tohu y bohu, y esas mismas palabras a veces aparecen en los escritos populares como una manera idiomática de expresar el caos o el desorden, como «todo era tohu y bohu». El sentido de estas dos palabras hebreas se combina para indicar un espacio extenso y vacío, una zona desierta. En el contexto bíblico, tenemos un espacio indefinido que forma una especie de burbuja dentro del «abismo» primitivo.

La palabra que se traduce como «espíritu» en la frase «espíritu de Dios» aparece en el hebreo original como ruach, y no significa «espíritu», sino «viento» o «exaltación violenta». Al traducir ruach como «espíritu», los intérpretes de La Bíblia han intentado traducirlo de tal manera que concuerde con su entendimiento teológico del texto bíblico, pero sin tener en cuenta el verdadero significado en el contexto original. Sustituyamos viento por «espíritu» y veamos lo que tendríamos en el hebreo original.

Los primeros versículos describen cuatro cosas:

1 Una tierra y unos cielos que ocupan un espacio, pero que carecen de forma o contenido;

2 Oscuridad;

3 Un abismo acuoso, dentro del cual existe el espacio sin forma; y

4 Un viento (es decir, «espíritu de Dios») que flota sobre la superficie de las aguas.

Estos cuatro elementos constituyen lo que los autores bíblicos creían que eran los cuatro componentes básicos del universo anteriores al inicio de la Creación, uno de los cuales, el viento, era identificado con el dios hebreo. Correspondían precisamente con lo que los sacerdotes egipcios de Tebas y Hermópolis creían que eran los cuatro componentes del universo durante el inicio de la Creación, pero los egipcios identificaban cada uno de estos cuatro elementos con una pareja de divinidades de ambos sexos, lo cual se consideraba tabú en la teología hebrea. Se puede deducir de la siguiente descripción de las dos primeras cuatro parejas de dioses egipcios y los elementos que representaban, que los hebreos adoptaron el esquema egipcio.

1. Heh y Hehet, espacio sin forma, es decir, la burbuja deforme dentro del abismo, tal y como describe el Génesis como tohu y bohu;

2. Kek y Keket, la oscuridad en la superficie de las aguas;

3. Nun y Naunet, el diluvio primitivo, «el abismo», igual que el abismo bíblico; y

4. Amón y Amonet, el viento invisible, el «viento» bíblico que flotaba sobre el abismo.

Aunque los sacerdotes hebreos adoptaron esta visión egipcia del universo primitivo, su teología monoteísta hizo que desasociaran estos cuatro elementos naturales de las divinidades egipcias con las cuales se identificaban, reteniendo únicamente los atributos con los que se asociaba a los dioses. Además, el autor del Génesis de este relato de la Creación aceptaba la tradición tebana que identificaba al Creador original con el viento. Simplemente, cambiaron el nombre del dios egipcio Amón por el nombre hebreo de Elohim, y lo describieron como ruach, el viento. A medida que progresemos por el primer relato de la Creación en el Génesis, iremos viendo cuan de cerca y exactamente el autor del Génesis seguía los mitos egipcios.

Mito 2: Dios inició la Creación con la palabra

El Mito: Dijo Dios... (Gn 1, 3).

La Realidad: El inicio de la Creación por medio de la palabra proviene de los mitos egipcios de la Creación.

Según La Bíblia, el proceso de la Creación comienza cuando Dios pronuncia un mandamiento para que aparezca la luz. La idea de la Creación por mandamiento no tiene una contrapartida en los mitos mesopotámicos de la Creación. Sin embargo, para los egipcios, la Creación por mandamiento desempeñaba un papel fundamental.

Los egipcios creían en el poder de la palabra para crear y controlar el entorno, y muchos textos egipcios hablan de la Creación que comienza con órdenes verbales. Uno describe a Amón como «el que habla y lo que debe ser, es». Otro texto describe a Ptah de manera similar cuando dice «así pues, piensa y ordena lo que desea (que exista)». Una referencia a los actos de Atum en el proceso creativo nos dice que «tomó la Anunciación en su boca».

En el esquema tebano de la Creación, después de que Amón (es decir, el viento) iniciara la Creación, primero apareció en la forma de los cuatro elementos primarios. Luego apareció en la forma de Ptah, el dios Creador menfita, que inició la Creación mediante la pronunciación de una orden. Ésta es la misma secuencia que en la narración del Génesis, donde «el viento» pronuncia una orden, pero el autor bíblico elimina cualquier referencia a Ptah como el que habla y une al dios Creador menfita (Ptah) con el dios tebano (Amón) de la Creación. Sin embargo, esta distinción es sólo cosmética, puesto que en la visión tebana tanto «Amón el viento» como «Ptah el que habla» son formas del mismo dios.

Mito 3: La Creación comenzó con la aparición de la luz

El Mito: «Haya luz»; y hubo luz (Gn 1, 3).

La Realidad: El Génesis sigue la doctrina tebana de la Creación al iniciar el proceso de la Creación con la aparición de la luz.

En el Génesis, la orden hablada de Dios hace que aparezca la luz repentinamente, un acontecimiento que significa el inicio del proceso creativo. No aparece tal doctrina en los mitos mesopotámicos, pero sí en los egipcios. Este pasaje específico de un himno a Amón muestra cuan de cerca sigue la secuencia bíblica a la egipcia.

(Aquél (es decir, Amón)) que apareció la primera vez cuando todavía no se había creado un dios, cuando tú (Amon-Ra) abriste tus ojos para ver con ellos y todos se iluminaron por medio de la mirada de tus ojos, cuando el día todavía no se había creado.

Así pues, la luz apareció al principio de la Creación, cuando el día aún no existía, y el Génesis afirma lo mismo. La Biblia dice:

Y vio Dios que era buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero. (Gn 1, 4-5)

En los mitos tebanos y mesopotámicos, después de la aparición de Ptah, éste ordena la aparición de Atum, el dios creador heliopolitano, que aparece inicialmente en forma de una serpiente ardiente, la primera luz.

En el mito que aparece en el Génesis y en el mito egipcio, la Creación comienza cuando un dios invoca a la primera luz verbalmente. Esta luz originariamente correspondía a Atum, pero los autores hebreos eliminaron la referencia directa a este dios y sencillamente describieron la aparición de la luz.

Mito 4: El primer día Dios separó la luz de las tinieblas

El Mito: Y vio Dios que era buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero (Gn 1, 4-5). E hizo Dios las dos grandes lumbreras, la mayor para presidir el día y la menor para presidir la noche, y las estrellas; y las puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra y presidir el día y la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno, y hubo tarde y mañana: día cuarto (Gn 1, 16-19).

La Realidad: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de cómo y por qué la luz se separó de las tinieblas. La confusión tuvo lugar porque el primer relato sucede antes de que aparezcan el Sol y la Luna, y los redactores de la Biblia posteriores ya no recordaban por qué en el relato original egipcio el día y la noche aparecían antes del disco solar y de la Luna. Como resultado, añadieron una segunda división de la luz tras la aparición de estos dos cuerpos celestiales.

Tras la aparición de la primera luz el primer día, el Génesis dice que Dios separó la luz de las tinieblas y llamó a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Sin embargo, el cuarto día. Dios volvió a separar la luz de las tinieblas y dividió el tiempo en día y noche. ¿Por qué ocurre esto dos veces?

La naturaleza de la luz que apareció el primer día es confusa. En el Génesis, el Sol, la Luna y las estrellas no aparecen hasta el cuarto día. ¿Cómo podemos tener luz el primer día y cómo se la puede separar de las tinieblas de manera que tengamos un día y una noche a las que seguirán dos períodos más de luz y oscuridad, y todo ello antes de la creación del Sol? Y, si ya tenemos periodos alternantes de luz y tinieblas, ¿hasta qué punto era necesaria una nueva separación de la luz de las tinieblas tras la aparición del Sol?

La confusión surge porque en el relato del Génesis, siguiendo el mito egipcio, la luz aparece al principio de la Creación. Esta luz era un atributo de Atum, dios del Sol, pero no representaba el disco solar.

En la versión egipcia, el Sol tenía muchas formas y distintos dioses representaban distintos aspectos del Sol. A lo largo de su viaje diario a través del cielo, por ejemplo, distintos dioses representaban la ubicación del Sol en diferentes momentos. El sol matutino era Kepri, el dios escarabajo, y el sol de la tarde era Ra. El disco solar era conocido como Atón, y se le llegó a considerar como una divinidad separada, significando sólo una manifestación visual del Sol, pero no representaba todo el ser físico del Sol, y no apareció hasta más tarde en el proceso de la Creación.

Los egipcios también tenían una visión filosófica del día y la noche. Según un pasaje del Libro de los Muertos egipcio: «Como para la 'eternidad' que es el día; como para la 'perpetuidad', que es la noche».

Esta visión reflejaba la idea egipcia de que la vida continuaba a través de los tiempos. De modo filosófico, esta idea evolucionó a partir del ciclo diario del sol, que los egipcios veían como un renacimiento diario y la renovación de la vida. El sol matutino era un niño, el ocaso un viejo. El comienzo de la «eternidad» y «perpetuidad» coincidía con la aparición de la primera luz al principio de la Creación. Por lo tanto, los egipcios veían el «día/eternidad» y la «noche/perpetuidad» como un atributo de la primera luz del sol.

La misma idea aparece en el Génesis. La creación por parte de Dios del día y la noche con la primera luz significaba la idea egipcia de «eternidad» y «perpetuidad» y representaban distintos fenómenos que los de día y noche asociados con la aparición del disco solar y la Luna y las estrellas.

Sin embargo, para los monoteístas hebreos, que escribieron cientos de años más tarde, el disco solar era únicamente el Sol. No había ningún dios o conjunto de dioses escondidos detrás. Sólo concebían el sol como un ente físico que se movía a través del cielo y separaba la noche del día. Para ellos, el día y la noche eran la consecuencia de la salida y la puesta del disco solar, tal y como lo expresaban en la descripción de los acontecimientos del cuarto día de la Creación. La «eternidad» y la «perpetuidad» no formaban parte de la religión hebrea y los sacerdotes hebreos ya no recordaban ni comprendían el significado filosófico del primer día y la primera noche. Si el día y la noche aparecieron el primer día, debía de tratarse de la separación normal de la luz del día de la oscuridad causada por la puesta del sol. Así, los autores del Génesis describieron el día y la noche del primer día según los convenios actuales, ignorando o no reconociendo la contradicción implícita entre los acontecimientos del primer día y el cuarto.

Mito 5: Un firmamento surgió de las aguas primitivas

El Mito: Dijo luego Dios: «Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras»; y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento (Gn 1, 6-7).

La Realidad: Este firmamento que surge de las aguas es la montaña primitiva del mito egipcio.

Tras invocar la primera luz y separarla de las tinieblas, el Génesis nos dice que Dios hizo que un firmamento surgiera de entre las aguas, y este firmamento separó las aguas de las aguas. Tal y como indican claramente los versos citados anteriormente, la separación de «las aguas de las aguas» se refiere a la separación del agua que está sobre el firmamento del agua que está por debajo del firmamento.

En todos los mitos egipcios de la Creación, tras la aparición de la primera luz (normalmente identificada con el dios Atum), el dios Creador provocaba que una montaña surgiera de las aguas primitivas. Esta montaña, por su naturaleza, era una entidad física sólida, un firmamento, y según la visión egipcia, separaba las aguas primitivas. Los egipcios veían al cielo como una vía fluvial por la cual el dios del Sol Ra navegaba con la barca solar. La montaña primitiva se convertía en el espacio entre las dos aguas, y proporcionaba la fuerza que las mantenía separadas.

El firmamento que surge en el Génesis no se distingue de la montaña primitiva que emergía de Nun, las aguas primitivas, y tanto en los relatos bíblicos como en los egipcios, el resurgir tiene lugar en el mismo orden secuencial que el proceso de la Creación, tras la invocación de la primera luz mediante la palabra hablada.

Mito 6: Dios llamó al firmamento «cielo»

El Mito: Llamó Dios al firmamento cielo, y hubo tarde y mañana: (día segundo (Gn 1,8).

La Realidad: La identificación del firmamento con el cielo deriva de una interpretación errónea por parte de los redactores bíblicos posteriores.

El Génesis describe sólo un acontecimiento que tuvo lugar el segundo día, la aparición del firmamento (más tarde veremos que el segundo día incluía algunos acontecimientos adicionales). Aunque la narrativa lo ubica entre las aguas que hay a ambos lados del firmamento, equiparándolo con la bóveda celeste en vez de con el cielo, algunos escribas hebreos escribieron que Dios llamó al firmamento «cielo». El autor no debía estar familiarizado con el relato original egipcio en el que este firmamento representaba una montaña primitiva que surgía de las aguas y separaba las aguas de encima de las aguas de debajo.

En los relatos de la Creación de todo el Oriente Medio, en Egipto y también en Mesopotamia y Levante, el cielo descansaba sobre una bóveda. Esta bóveda necesariamente constituía una plataforma transparente pero sólida que evitaba que el cielo se cayera a través de la bóveda celeste. En Egipto, la bóveda celeste está entre el cielo y la tierra, y originariamente el firmamento que surgía de las aguas se asociaba con el dios Shu, hijo del cielo y la tierra, y los egipcios lo mostraban sujetando el cielo sobre la tierra.

Los escribas hebreos creían que tenía que existir alguna superficie dura en la bóveda celeste que aguantara el cielo, pero, al ser monoteístas, no podían aceptar la idea de que la bóveda celeste fuera una divinidad separada del Dios hebreo. Por lo tanto, una vez más desligaron la divinidad egipcia del fenómeno que representaba. Transformaron la divinidad egipcia que sujetaba el cielo en el propio cielo.

Mito 7: Dios reunió las aguas en un solo lugar

El Mito: Dijo luego: "Juntense en un lugar las aguas que hay bajo los cielos y aparezca lo seco". Asi se hizo; y las aguas se juntaron en un solo lugar y apareció lo seco; y a lo seco llamo Dios tierra, y a la reunión de las aguas mares. Y vió Dios que era bueno (Gn 1, 4-10).

La Realidad: La reunión de las aguas se refiere a la creación del rio Nilo.

EL tercer día de la Creación comenzó con la reunión de las aguas en un lugar. Entonces Dios llamo a las aguas reunidas «mares», un termino plural que indica numerosas masas de agua. Cada mar sería un arca delimitada por separado. ¿Están las aguas en un solo lugar o en varios?

El problema surge porque los escribas hebreos, influenciados por el entorno babilónico y las influencias culturales del final del primer milenio a.C., aplicaron sus conocimientos geográficos a un pasaje que reflejaba una geografía distinta. En Mesopotamia y Levante, las gentes eran conocedoras de varias masas de agua independientes e importantes, incluyendo el mar Mediterráneo, el mar Rojo, los ríos Tigris y Eufrates, el rio Jordán, el mar Muerto y el río Óronles, en Siria.

Los egipcios, por otra parte, a pesar de ser conocedores de muchas masas de agua, sólo consideraban de importancia al Nilo. Herodóto se refiere a Egipto como «el regalo del Nilo». La característica más importante del Nilo era su inundación anual, la cual proporcionaba al país un gran abastecimiento de tierras fértiles para el cultivo. Ademas, el río abundaba en peces, aves y vida animal, proporcionando fuentes de alimento adicionales, v otorgaba a los egipcios acceso a todas las principales ciudades a lo largo y cerca de las orillas del Nilo.

Tal era la importancia del papel desempeñado por el Nilo para la vida egipcia, que proporcionaba el escenario para gran parte de su mitología, Las ideas míticas acerca de la inundación primitiva al inicio de la Creación v la montaña que surgió de ella se derivaron de imágenes del Nilo, Ya que la inundación del Nilo producía la vida, los egipcios imaginaban una inundación mundial inicial que dio lugar a la vida. Como las aguas retrocedian hacia la cuenca del Nilo, dejando atrás grandes montones de fértiles tierras negras, los egipcios se imaginaban un primer monte emergiendo de la inundación mientras las aguas se juntaban para formar una única corriente.

Un mito egipcio de la Creación (conservado en un documento conocido como «Texto de los Sarcófagos 76») que describe la separación del cielo y la tierra, habla de Shu (el firmamento), hijo de Atum (la primera luz), que reunía las aguas. «Este dios Shu está atando la tierra para mi padre Atum, y reuniendo la gran inundación para él».

La reunión de la inundación se refiere a la creación del Nilo, y el texto continúa diciendo que el acontecimiento tuvo lugar el mismo día en que Atum apareció sobre la primera montaña. Si eliminamos los elementos politeístas de este mito, como probablemente harían los escribas hebreos, éste proporciona un paralelo perfecto para los acontecimientos que tuvieron lugar durante el segundo y el tercer día de la Creación en el Génesis.

Shu, que representa la bóveda celeste, es hijo de Atum, la primera luz que los egipcios asocian con la aparición de la montaña primitiva. Shu nació el mismo día que apareció Atum, siguiendo la aparición de la montaña de Nun (la gran inundación). Shu (la bóveda celeste) separó entonces a Nut (el cielo) de Geb (la tierra), ató la tierra y reunió las aguas de la inundación en un solo lugar (el Nilo), la misma serie de acontecimientos que en el Génesis.

La secuencia de la Creación en La Bíblia, por lo tanto, sigue el esquema egipcio. La reunión de las aguas por Shu describe el origen del Nilo y corresponde a la reunión bíblica de las aguas en un solo lugar.

De la misma manera que en la descripción de los cielos, uno de los escribas hebreos malinterpretó la descripción inicial de las aguas, porque él ya no entendía los acontecimientos en un contexto egipcio. La edición final de La Bíblia tuvo lugar después de que la élite hebrea fuese capturada y trasladada a Babilonia, y Babilonia, como el gran centro de aprendizaje que era, ejerció una poderosa influencia sobre los redactores bíblicos posteriores. Ya que la perspectiva babilonia reconocía varias masas de agua independientes e importantes, los escribas hebreos tomaron lo que en origen era una descripción del Nilo, las aguas reunidas en un único lugar, y la añadieron a una frase que indicaba que las aguas reunidas constituían varias grandes masas de agua, ignorando o no reconociendo, nuevamente, la afirmación contradictoria que

Mito 8: La vegetación apareció antes que el Sol

El Mito: Y dijo Dios: «Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla y árboles frutales que produzcan fruto según su especie, y cada uno con su simiente, sobre la tierra». Y así fue. Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con su semilla cada uno. Y vio Dios que estaba bien (Gn 1, 11-12).

La Realidad: El Génesis sigue la secuencia egipcia de la Creación al anteponer la aparición de la vegetación a la del Sol.

El tercer día del Génesis finaliza con la aparición de la vegetación: hierba, semilla y fruta. Entre paréntesis, esto crea problemas desde un punto de vista científico, ya que la vida vegetal requiere de la luz solar para sobrevivir y crecer, y hasta ahora el Sol todavía no ha aparecido. Pero nos ocuparemos aquí sólo de los aspectos mitológicos de nuestro estudio.

Teniendo en mente la descripción que el Génesis hace del tercer día, consideremos este breve extracto del Libro de los Muertos egipcio, cap. 79:

¡Salve Atum!—

Creador del cielo; creador de lo que existe

El que surgió como tierra; el que creó la semilla.

Este pasaje describe exactamente la misma secuencia que el Génesis, la aparición del cielo, seguida de la aparición de la tierra, y de la vegetación. La misma secuencia aparece en otros textos egipcios que describen el proceso de la Creación. El hijo mayor del cielo y la tierra, por ejemplo, era Osiris, a quien los egipcios identificaban con el grano, demostrando nuevamente que la vegetación apareció inmediatamente después que los cielos y la tierra.

A lo largo de la tradición de la Creación egipcia, la vegetación aparece inmediatamente después de la división entre los cielos y la tierra y la reunión de las aguas. Esta es la secuencia que sigue el Génesis, y muestra el paralelo continuo, acontecimiento tras acontecimiento, entre los mitos egipcios de la Creación y el relato del Génesis de la Creación.

Mito 9: Dios creó los cuerpos celestes

El Mito: Dijo luego Dios: «Haya en el firmamento de los cielos luminarias para separar el día de la noche, y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra». Y así fue. Hizo Dios las dos grandes luminarias, la mayor para presidir el día, y la menor para presidir la noche, y las estrellas; y las puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra y regir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno, y hubo tarde y mañana: día cuarto (Gn 1,14-19).

La Realidad: Los editores bíblicos comenzaron con la secuencia cronológica tebana correcta para describir la llegada del Sol, pero luego cambiaron la narración siguiendo la tradición babilonia para describir la aparición de los cuerpos celestiales.

El cuarto día de la Creación aparecen el Sol, la Luna y las estrellas. Al principio la narración describe la creación de luces en el firmamento (sin especificar de qué luces se trata) para dividir la noche del día. Esto presenta un enigma ya que el primer día de la Creación Dios ya había separado la noche del día, las tinieblas de la luz, una paradoja que se trató anteriormente en el Mito 4. Estas luces sin especificar, creadas el cuarto día, sirven para una variedad de funciones del calendario, marcando días, temporadas y años. Luego, tras hablarnos de la función de estas luces, el Génesis al fin las describe, una luz mayor para gobernar el día y otra menor para gobernar la noche. Y, casi a modo de ocurrencia, añade, «y las estrellas».

Estas dos luces principales son el Sol y la Luna. Ya hemos observado que en la doctrina tebana de la Creación, el Sol aparece en la forma de Ra como un niño tras los acontecimientos que tuvieron lugar durante la división de los cielos, la tierra y las aguas y la aparición de la vegetación, y que coincide con el Génesis. Pero no tenemos ninguna referencia correspondiente egipcia a la aparición de la Luna y las estrellas en conexión con el Sol. Sólo sabemos que en el mito tebano, Amón (la divinidad creadora), que aparece en la forma de Ra (la divinidad creadora hermopolitana), era el responsable de la organización del proceso creativo restante, incluyendo la aparición de la Luna y las estrellas.

En algunos textos egipcios, el Sol y la Luna forman los ojos de Horus (una divinidad solar identificada como el hijo de Osiris), pero no tenemos ningún relato especialmente útil acerca del origen de la Luna. Los egipcios consideraban a las estrellas como los habitantes del más allá y, ya que Osiris (el hijo del cielo y la tierra) reinaba en el más allá, llamaban a las estrellas «Seguidoras de Osiris».

Mientras que la tradición tebana sitúa la creación del Sol en el mismo punto secuencial que el Génesis, tenemos que reconocer que el impulso de la narrativa en el Génesis para el cuarto día no surge de ideas egipcias. El Sol tiene un papel bastante reducido, colocado a un nivel equivalente o ligeramente más importante que la Luna y las estrellas, un concepto que no concuerda con la visión egipcia.

Sin embargo, un pasaje del texto babilonio de la creación, conocido como Enuma Elis (Tablilla V), muestra que las ideas babilonias influenciaron la descripción que se hace en el Génesis. Describe acontecimientos que tuvieron lugar casi inmediatamente después de que el dios Marduk hubiese matado al monstruoso Tiamat y formara el cielo y la tierra a partir de sus miembros seccionados. En el texto aparecen descripciones detalladas acerca de cómo creó el Sol, la Luna y las estrellas y sus funciones para marcar los periodos de tiempo. Para citar sólo un pasaje que tiene su paralelo en la descripción bíblica: «Él hizo que brillara la luna; él le encomendó la noche (a ella). Él la nombró a ella el ornamento de la noche, para dar a conocer los días».

Comparen este pasaje con la redacción bíblica: «Hizo Dios las dos grandes luminarias, la mayor para presidir el día, y la menor para presidir la noche».

Las ideas en ambos pasajes comparten claramente conceptos comunes, pero la redacción del texto babilonio refleja la naturaleza politeísta de los mitos. Los hebreos, como habían hecho con los mitos egipcios, aceptaban la ciencia babilonia, pero separaban a los dioses de sus funciones. Aun así, podemos ver lo cerca que los hebreos seguían el modelo babilonio, eliminando las divinidades, pero abrazando su papel como gobernantes del día y la noche.

Mito 10: De las aguas primitivas surgieron pájaros

El Mito: Dijo luego Dios: «Rebosen de seres vivos las aguas y vuelen las aves sobre la tierra debajo del firmamento del cielo» (Gn 1, 20).

La Realidad: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de la aparición de los pájaros, uno que refleja la visión egipcia, y otro la babilonia.

El quinto día, el Génesis describe la creación de la vida marina y los pájaros, y dice que los pájaros surgieron de las aguas. Por otra parte, el segundo relato de la Creación en el Génesis, atribuido a la fuente J, dice:

«Y el Señor Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra» (Gn 2, 19).

¿Los pájaros surgieron de las aguas primitivas o de la tierra? Una vez más, La Bíblia proporciona testimonios contradictorios de un acontecimiento, reflejando su dependencia de una variedad de materiales procedentes de distintas perspectivas culturales. El relato de las aguas primitivas sugiere un origen en una sociedad que considera el agua como fuente de vida, como en la mitología egipcia. El relato basado en el origen terrenal sugiere una sociedad en la cual la tierra desempeñaba un papel más importante como medio de sustento, como en la antigua Babilonia.

En Egipto, el Nilo era una fuente de vida y una gran variedad de aves acuáticas poblaban sus orillas. Los mitos egipcios asociaban la inundación con el origen de la vida y varios mitos asocian a las aves acuáticas con el proceso de la Creación.

Mito 11: Dios creó al hombre y la mujer a imagen suya

El Mito: Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer (Gn 1, 27).

La Realidad: La idea de que Dios creó a la humanidad a imagen suya viene de las creencias egipcias acerca de la relación entre la humanidad y el Creador.

La Biblia dice que Dios creó al hombre y a la mujer de su propia imagen, pero no explica qué significa ser creado a imagen de Dios. ¿Comparten la misma forma física o características físicas tales como la inmortalidad, o sólo algún tipo de similitud espiritual? No parece tratarse de ninguna de estas posibilidades.

Sabemos por el relato de Adán y Eva que el conocimiento del bien y del mal (la base fundamental para la similitud espiritual) y la inmortalidad (una característica física) eran atributos de Dios y de sus ángeles, pero no eran atributos que se le otorgaran a la humanidad al principio de su creación. Además, Dios adopta varias formas en La Bíblia, incluyendo un arbusto en llamas y una nube de humo, por citar sólo dos ejemplos. De modo que Dios y los humanos no compartían una forma física similar.

Otra pregunta que plantea el pasaje bíblico está relacionada con el sexo de esta imagen. ¿Era la imagen de Dios varón o mujer, o ambos? Aunque la traducción inglesa dice al principio que Dios creó al «hombre» a imagen suya, luego dice «varón y mujer los creó». El problema reside en que la traducción inglesa no refleja exactamente el texto hebreo subyacente. El hebreo no dice que Dios creó al «hombre»; dice que creó a ha-adam, que significa «el adán», y creó a «el adán» como varón y mujer. Si la palabra hebrea para «hombre» es ish, entonces ¿qué es un adán?

Debajo de la traducción inglesa yace la idea de que adán significa «hombre», pero en realidad ésta es una especulación por parte de los eruditos de La Bíblia, que dan por sentado que éste es el significado. Deriva básicamente de un juego de palabras basado en la creencia de que Adán fue creado de la arcilla.

En hebreo y en otras lenguas semíticas, la palabra para arcilla es ada-mah, y, puesto que el Génesis dice que Dios creó al ser que posteriormente se llamó Adán de la arcilla, los eruditos de La Bíblia han dado por sentado que la palabra para arcilla es una metáfora para hombre.

De hecho, hay un par de referencias no bíblicas para indicar que este podría ser el caso, pero éstas se limitan a un puñado de nombre propios hallados en textos en la biblioteca del antiguo Ugarit y que datan del siglo xiv a.C. No tenemos indicios de ningún uso generalizado en las lenguas semíticas de la palabra adán con el significado de «hombre».

El problema aquí es que los escribas hebreos adoptaron la idea de que el hombre fue creado a imagen de Dios a partir de las tradiciones egipcias. Esa creencia permaneció con los israelitas a lo largo de su historia, pero debido a que no creían en ninguna forma física para la representación de una divinidad, cuando el Génesis adoptó su forma escrita final, el concepto de una «imagen de dios» ya no tenía ningún significado específico.

Para trazar el concepto hasta sus orígenes, observen la visión de los egipcios. Los egipcios creían que la humanidad había sido creada a imagen del Creador y que el Creador tenía características tanto de varón como de mujer. Un pasaje de un antiguo texto conocido como Enseñanza para Merikare ilustra el primer principio.

Bien cuidada está la humanidad — el ganado de dios.

Él hizo el cielo y la tierra para ellos

Él dominó al monstruo marino,

Él hizo el aliento para que sus narices vivieran.

Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo.

Debe prestarse atención al paralelismo con el pasaje bíblico, en el cual se habla no sólo de que la humanidad está hecha a imagen de Dios, sino que además incorpora tanto al varón como a la mujer dentro de la imagen.

Por lo visto este texto gozó de una amplia difusión en Egipto. Su origen se remonta al siglo xx a.C., y la forma actual del texto aquí citado viene de un papiro escrito durante el período del Imperio Nuevo, varios siglos después. Los escribas hebreos en Egipto seguramente conocían las ideas expresadas en él.

Mientras que los egipcios tenían varias ideas acerca de cómo fueron creados los humanos, esta versión en particular indica que los hombres y las mujeres eran partes del cuerpo del Creador, y es en este sentido que la humanidad poseía la imagen de un dios. Varios textos también muestran que el Creador incorporó características tanto de hombre como de mujer, explicando cómo las formas de ambos sexos podían tener el mismo origen.

En el esquema hermopolitano, por ejemplo, el Creador estaba compuesto por cuatro criaturas masculinas y cuatro femeninas como un ente único. En las tradiciones hermopolitanas y menfitas, Atum, sin necesidad de una pareja, dio a luz a dos divinidades, Shu mediante un estornudo y Teíhut al escupirla. Lo hizo, según un texto, tras «haber actuado como marido con mi puño». A Atum también se le ha conocido como el «Gran El-Ella», Ptah, el Creador menfita, también exhibe características masculinas y femeninas. Según un texto:

Ptah-sobre-el Gran-Trono

Ptah-Nun, el padre que creó a Atum;

Ptah-Naunet, la madre que dio a luz a Atum...

Así, descubrimos que los textos egipcios muestran al Creador como poseedor de aspectos masculinos y femeninos y que la humanidad fue creada a imagen suya. Esto se traduce en el Génesis como: «Y creó Dios al hombre (es decir, los humanos) a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y lo creó varón y mujer».

Por ultimo, llegamos a la cuestión de la identidad de ha-adan, el ser creado hombre y mujer. Puesto que los nombres de Atum y Adán se pronuncian de manera casi idéntica, la «d» y la «t» son intercambiables a nivel fonético, es lógico suponer que «el Adán» se trata de un término colectivo para una multitud de seres que surgieron de Atum, el Creador heliopolitano.

Mito 12: Dios creó a Adán y Eva el sexto día

El Mito: Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y los creó varón y mujer...Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho, y hubo tarde y mañana: día sexto (Gn 1, 26-27.31)

La Realidad: El varón y la mujer creados el sexto día de la Creación no eran Adán y Eva. El relato de Adán y Eva pertenece a una tradición mitológica distinta a la de los siete días de la Creación.

¿Cuándo creó Dios a Adán y Eva? Si le preguntan a cualquiera que conozca el libro del Génesis dirá que aparecieron el sexto día de la Creación. Cuando los redactores bíblicos editaron La Bíblia en su forma actual, querían que el lector creyera que esto era verdad. Sin embargo, un examen de los versículos bíblicos relevantes muestra que el hombre y la mujer creados el sexto día no eran Adán y Eva.

En el primer relato de la Creación, Dios procedió de manera ordenada a organizar el universo y crear todas las cosas dentro de él. Durante cada uno de los seis días consecutivos llevó a cabo varias tareas.

El tercer día creó la vida vegetal, el cuarto los cuerpos celestiales. Y los días cinco y seis:

Dijo luego Dios: «Hiervan de seres vivos las aguas y vuelen las aves sobre la tierra y bajo el firmamento del cielo». Y así fue. Y creó Dios grandes monstruos marinos y todos los animales que se arrastran y que viven en el agua según su especie, y todas las aves aladas según su especie.

Y vio Dios que era bueno, y los bendijo, diciendo: «Procread y multiplicaos y henchid las aguas del mar, y multipliqúense sobre la tierra las aves. Y hubo tarde y mañana: día quinto.

Dijo luego Dios: «Produzca la tierra seres animados según su especie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie». Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie y todos los reptiles de la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer; y los bendijo diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad los peces del mar, las aves del cielo y los ganados y todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 20-28).

Observen la secuencia de los acontecimientos. Dios crea la vida vegetal y luego los cuerpos celestiales, a continuación la vida acuática y los pájaros, luego las bestias, el ganado y los reptiles, y por fin al hombre y la mujer. Los lectores, por rutina, dan por sentado que el hombre y a la mujer eran Adán y Eva, pero veamos lo que dice realmente La Bíblia.

Adán y Eva pertenecen al segundo relato de la Creación. Aparecen por primera vez en el segundo capítulo del Génesis.

Éste es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron creados. Al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra de hierbas, por no haber todavía llovido el Señor Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera de la tierra para regar toda la superficie cultivable. Modeló el Señor Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara (Gn 2, 4-8).

Mientras que este pasaje nos dice exactamente cuando este hombre apareció, la mayoría de personas que lo hayan leído ignoran el significado del texto. Este hombre apareció «al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos» y antes de eso no había vegetación alguna sobre la tierra. ¿Cuándo exactamente sucedió eso?

En la versión actual del Génesis, esto tuvo lugar en algún momento del tercer día de la Creación. Según Génesis 1,6-13, Dios creó el cielo el segundo día y la tierra y la vegetación el tercer día. Esto sitúa a Adán en medio del tercer día, después de la creación del cielo y de la tierra y antes de la vegetación (posteriormente, en el estudio del Mito 14, veremos que el cielo fue creado el segundo día, y fue entonces cuando apareció Adán). Por lo tanto, si Adán apareció el tercer (o segundo) día de la Creación, entonces no podía ser el hombre que fue creado el sexto día.

Pero, ¿qué pasa con Eva? Tras la creación de Adán, la historia se desplaza hacia acontecimientos en el jardín del Edén. Sabemos de la plantación de árboles, sobre todo los árboles de la ciencia del bien y del mal y del árbol de la vida, y sabemos algunos detalles geográficos sobre el jardín, pero nada todavía sobre una mujer. Entonces:

Y se dijo el Señor Dios «No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él». Y el Señor Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él (Gn 2, 18-19).

Las bestias y las aves no pudieron con la soledad de Adán. El hombre seguía estando solo. El hombre necesitaba otra «ayuda proporcionada» y Dios se puso manos a la obra para arreglar la situación.

Hizo pues, el Señor Dios caer sobre el hombre un profundo sopor;

y dormido, tomó una de sus costillas y cerró ese lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó el Señor Dios a la mujer, y se la presentó al hombre (Gn 2, 21-22).

En un testimonio anterior, Dios creó al hombre y a la mujer a la vez en el sexto día, ambos tras la aparición de la vegetación y los animales. Pero en el relato de Adán y Eva, Dios creó al varón (Adán) antes de la aparición de la vegetación y los animales, y creó a Eva después de esos acontecimientos.

Al efectuar una lectura sencilla y lógica del Génesis, vemos que Adán y Eva no pueden ser el hombre y la mujer creados el sexto día de la Creación. Pero si Dios creó a Adán el tercer (o segundo) día y creó al hombre y la mujer a imagen de Dios el sexto día, ¿quiénes fueron los primeros humanos, Adán y Eva o el varón y la mujer del sexto día? Responderemos a esta pregunta en nuestro estudio del Mito 16.

Mito 13: Dios otorgó al hombre el dominio sobre las criaturas

El Mito: « ...para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Dijo también Dios: «Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la faz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento. También a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos los seres vivientes que sobre la tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce» (Gn 1, 26.29-30).

La Realidad: El otorgar al hombre el dominio sobre la vida en la tierra deriva de los mitos egipcios sobre la relación entre los dioses y la humanidad.

En el relato de la Creación en el Génesis, Dios le otorga a la humanidad el dominio sobre los seres vivos de la tierra, las criaturas y las plantas para utilizarlas y alimentarse. Observen que, al hacerle este regalo, Dios permite al hombre comer de cada árbol, libre de las restricciones impuestas en el relato de Adán y Eva. Estos pasajes del Génesis muestran una relación de mutua benevolencia y amistad entre Dios y la humanidad.

Dicha visión difiere sustancialmente de la que aparece en la literatura mesopotámica. Aquí, mientras que en ocasiones una divinidad u otra en particular prefiere a algún ser humano en especial, los dioses en general tienen una opinión negativa de la humanidad y la ven más como una servidumbre cuya finalidad es hacer la vida más agradable a los dioses. En el mito babilonio de la inundación, por ejemplo, los dioses decretan la destrucción de la humanidad porque es demasiado ruidosa.

En contrapartida, los textos egipcios retratan de manera más positiva la relación entre los dioses y la humanidad. La Enseñanza para Merikare lo ilustra bastante bien.

Bien cuidada está la humanidad, el ganado de dios.

Él hizo el cielo y la tierra para ellos

Él dominó al monstruo marino,

Él creó el aliento para que pudieran respirar.

Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo,

Él brilla en el cielo para ellos;

Para ellos él hizo las plantas y el ganado, las aves, y los peces para alimentarlos.

Este consejo lo ofreció un rey de la Novena Dinastía (h. 2200 a.C.) a su hijo. Tales sentimientos filosóficos datarían de antes de El Éxodo y coinciden con la presencia de Israel en Egipto, lo cual sugiere que esta visión podría haber tenido un fuerte impacto literario sobre los hebreos. Ciertamente, la última frase es casi idéntica a uno de los versículos de la sección del Génesis que estamos comentando.

Mito 14: El tercer día Dios creó la tierra

El Mito: Y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares. Y vio Dios que era bueno... y hubo tarde y mañana: día tercero (Gn 1,10.13).

La Realidad: Dios reunió las aguas y creó la tierra seca el segundo día de la Creación.

Según el Génesis, en el tercer día de la Creación Dios reunió las aguas primitivas y creó la tierra seca. A esta tierra seca la llamó «tierra». Ya hemos visto que esta historia constituye una parte del mito egipcio de la Creación. Pero existe otro problema, mientras que el Génesis sitúa este acontecimiento el tercer día, una cuidadosa lectura del relato de la Creación en el Génesis indica que el redactor bíblico cometió un error y que este acontecimiento, en el testimonio original del Génesis, tuvo lugar el segundo día.

La Biblia, como muchos textos antiguos, a menudo utiliza fórmulas literarias, frases cortas que el escriba emplea, ya sea como una expresión idiomática, o para indicar algo acerca de la naturaleza del texto. Estas fórmulas textuales suelen aparecer como elementos en un listado, donde dividen las listas en secciones, como se solía hacer en los antiguos listados de reyes. Las historias bíblicas de los reyes de Israel y Judá ilustran esta técnica. Al final de cada historia, el escriba bíblico solía añadir la siguiente frase (o una versión ligeramente modificada de la misma): «Y los demás actos de (nombre del rey), y todo lo que realizó, y sus (atributos asociados al rey), ¿acaso no aparecen escritos en el libro de (fuente de origen)?

La Biblia contiene numerosas fórmulas textuales de este tipo. En ocasiones, por ejemplo, introduce una sección de narrativa diciéndonos » Esta es la descendencia de...« en la cual el material describe los acontecimientos asociados a una familia específica. El relato de la Creación en el Génesis también hace uso de una fórmula textual.

Al final de las actividades de cada día, a excepción del segundo día, Dios repasaba lo que había hecho y entonces decía «que era bueno». El séptimo día Dios descansó, por lo tanto no realizó ningún acto que tuviera que declarar que era bueno.

La narrativa, sin embargo, le hace bendecir y santificar el último día. El tercer y sexto día, empero, Dios también declara algo que era bueno en la mitad del día. Consideraremos la primera declaración del mediodía en este estudio, y cuando estudiemos el Mito 15 consideraremos la segunda.

La frase «que era bueno» constituye una formula textual. Su colocación al final de las actividades de cada día sirve para indicar que las acciones del día se habían completado y que a Dios le agradaba lo que veía. Así, ¿por qué no hay una declaración de este tipo al final del segundo día, y por qué en el tercer día aparecen dos declaraciones de este tipo?

La declaración del mediodía en el tercer día tiene lugar después de que Dios ha reunido las aguas y creado la tierra seca. La segunda declaración de ese día sucede después de que Dios ha creado la vegetación. Este arreglo textual es confuso.

La mayoría de eruditos de La Bíblia aceptan que el relato de la Creación es mitológico, pero no ofrecen ninguna explicación útil de por qué los escribas bíblicos omitieron la formula textual el segundo día y la introdujeron dos veces el tercer día. Muchos intérpretes religiosos ortodoxos, por otra parte, sugieren que Dios tuvo la intención de reunir las aguas y crear la tierra seca el segundo día, tras levantar el firmamento, pero no tuvo tiempo de concluir la tarea. Por lo tanto, reservó la bendición hasta después de concluir la tarea el siguiente día.

Aunque esta explicación adopta una interpretación literal del día como una duración fija del tiempo, pasa por alto la omnipotencia de Dios y que las tareas en cuestión eran bastante menos arduas que, digamos, crear el Sol o cualquier otra estrella, lo cual requeriría mucha más energía que el simple levantamiento del firmamento o la reunión de las aguas en la diminuta tierra. Aun así, Dios creó todas las estrellas, además de los planetas y la Luna en un sólo día.

La solución evidente a esta paradoja es que los redactores bíblicos cometieron un error, el equivalente a un trabajo de cortar y pegar mal hecho. Ya que la bendición para el segundo día no ocurre hasta la mitad del tercer día, parece razonable concluir que la reunión de las aguas era parte de los acontecimientos del segundo día, un seguimiento lógico al levantamiento del firmamento en medio de las aguas. El redactor bíblico

creería que la tierra seca que surge concuerda lógicamente con la aparición de la vegetación, así que de manera prematura insertó un paréntesis en el segundo día y traspasó los acontecimientos del segundo día al tercero. Pero no era libre de insertar una bendición en el punto donde concluye el segundo día. En cambio, dejó la bendición donde estaba tal y como aparecía en el texto original, después de la reunión de las aguas.

Al trasladar el relato de la aparición de la tierra seca al segundo día, resolvemos el problema de la bendición que falta. Dicha restauración sitúa la formula textual al final de los acontecimientos de cada día, donde pertenece.

Mito 15: El séptimo día Dios descansó

El Mito: .. .y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho (Gn 2, 3).

La Realidad: En el relato original de la Creación en el Génesis, Dios no descansó el séptimo día, pero sí creó la humanidad ese día.

Tal y como descubrimos en el estudio del Mito 14, la narrativa bíblica incluye una formula textual que marca el final de las actividades diarias. Vimos que en la versión actual del Génesis, el escriba omite la bendición del final del segundo día, pero inserta una en medio del tercer día, que es el resultado de un error del escriba. Al trasladar los acontecimientos de la primera mitad del tercer día a la segunda mitad del segundo día, se restaura la concordancia lógica y textual en el Génesis. Dicho arreglo provoca que cada uno de los seis días acabe con una bendición, pero sigue dejando una bendición de más en el medio del sexto día.

Aquella bendición ocurre después de la creación de las bestias y los reptiles y antes de la creación de los humanos. Una segunda bendición tiene lugar tras la creación de la humanidad. Siguiendo la lógica de la formula textual, deberíamos concluir que en la fuente original para el relato de la Creación, las bestias y el hombre fueron creados en días separados. Esto desplazaría la aparición de la raza humana hasta el séptimo día y trasladaría el día de descanso de Dios al octavo día.

El descanso del sábado, el séptimo día de la semana (contando desde el domingo, al modo inglés), constituye una de las tradiciones más sagradas de la civilización occidental. Pero si Dios descansó el octavo día, y no el séptimo, entonces la práctica se deriva de un error del escriba.

La idea de un descanso en sábado parece ser de origen latino tardío. Hay escasas evidencias de que el antiguo Israel lo pusiera en practica realmente. La Biblia no recoge ninguna observación de este tipo en ninguna parte del relato de Israel anterior al Éxodo de Egipto. Es verdad que en el relato de El Éxodo algunos pasajes bíblicos incluyen un mandamiento de Dios para que se observe el sábado, pero podría tratarse de versículos posteriores.

De hecho, el Deuteronomio 5, 15, que refleja los puntos de vista del rey Josías poco antes del cautiverio babilonio, dice que Dios le dio a Israel el mandamiento del sábado no porque él descansara el séptimo día, sino a modo de recordatorio de que salvó a Israel de la esclavitud en Egipto:

Acuérdate, de que siervo fuiste en la tierra de Egipto, y de que el Señor, tu Dios, te Sacó de allí con mano fuerte y brazo tendido; y por eso el Señor, tu Dios, te manda guardar el sábado.

Incluso después de El Éxodo y hasta el período monárquico tardío, La Bíblia se mantiene prácticamente en silencio acerca de la observación del sábado.

Por estas razones, es probable que la idea de un sábado el séptimo día apareciera tarde en la historia de Israel. El concepto pudo haberse originado en Babilonia, donde ciertos días del mes —7,14,19, 21 y 28— eran considerados nefastos, y los babilonios creían que no se debía desarrollar ningún trabajo ni ningún sacrificio durante esos días. Al no conformarse con un ciclo de siete días perfectamente repetitivo, la tradición babilonia recoge las semillas de un ciclo de siete días, en el que es nefasto cada séptimo día del mes. O bien, la idea podía haberse recogido de las tradiciones agrícolas cananeas. En cualquier caso, pudo haber sido recogida del relato original de la Creación, porque el día santificado habría sido el octavo del ciclo de la Creación.

Mito 16: Después de la Creación Dios descansó

El Mito: Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera; y bendijo el día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho (Gn2,2-3).

La Realidad: Dios no se tomó un día de descanso.

Tanto si Dios santificó el séptimo día como el octavo, debemos continuar preguntándonos si Dios realmente descansó en este día santificado. Después de todo, ¿qué necesidad tiene una divinidad omnipotente de estar por ahí relajándose?

Una lectura cuidadosa del texto bíblico parece contradecir la idea de un día de descanso. Dice «descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera». Pero si la creación de la humanidad constituía el acto final en este enorme esquema de acontecimientos, La Bíblia debería decir que Dios terminó su labor el sexto día, el día de la conclusión. En cambio, el texto dice que terminó el trabajo el séptimo día.

El texto sugiere que Dios llevó a cabo obras adicionales después de crear la humanidad. La referencia a la finalización de los trabajos el séptimo día podría ser el resultado de una edición descuidada del relato original, en el cual Dios creó la humanidad el séptimo día en vez del sexto.

Este error sigue de cerca los esfuerzos por crear un sábado el séptimo día. Para poder incluir un día de descanso para Dios, los escribas de La Bíblia tuvieron que combinar los acontecimientos de los días sexto (animales) y séptimo (humanidad). Al hacerlo, el escriba pasó por alto esta fra-secilla: «Y el séptimo día Dios remató el trabajo que había hecho». El escriba se olvidó de trasladar esas palabras al final del sexto día tras combinar las actividades del séptimo día con los acontecimientos del sexto día.

Puede existir un precedente en Oriente Próximo para la creencia de que el sábado y el día de descanso están inextricablemente unidos. Una explicación probable proviene de Enuma Elísh, la épica babilonia de la Creación. En ella, Marduk, quien al derrotar a sus enemigos se convierte en la divinidad principal de Babilonia, llama al dios Kingsu, uno de los líderes de la oposición, y como castigo lo corta en trozos. A partir de su sangre crea la humanidad, y Marduk impone sobre los humanos el deber de servir a los dioses. En un pasaje que suena a un eco de la afirmación bíblica de que Dios descansó tras la creación de la humanidad, encontramos lo siguiente:

Él que levantó el yugo impuesto sobre los dioses, sus enemigos;

Él que creó a la humanidad para liberarlos;

Que sus palabras perduren y no sean olvidadas En la boca de la humanidad, que fue creada por sus manos.

En otras palabras, después de que Marduk creara la humanidad, los dioses pudieron descansar. Esta tradición babilonia es comparable al relato bíblico. Ambos relatos muestran a los dioses descansando tras la creación de los humanos. En el relato babilonio, Marduk crea a los humanos para que sean los siervos de los dioses, liberando a éstos de sus labores. En el Génesis, Dios descansó tras la creación de los humanos, pero no condenó a la humanidad a la servidumbre. Claro que la tradición bíblica posterior mantiene que Dios e Israel tenían una alianza especial, en la cual Israel se dedicaba a servir a Dios.

Aunque en el relato babilonio los humanos no descansan junto con los dioses, tal y como se les manda a los hebreos en los Diez Mandamientos, el relato de la Creación en el Génesis sólo habla del descanso de Dios y no dice nada de que los hombres se abstengan de trabajar. La idea de que la humanidad debía descansar entró en la tradición bíblica mucho más tarde, tal vez no antes del siglo VII a.C.



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FOLIO 4.2
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jueves 11 de marzo de 2010

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