jueves, 30 de septiembre de 2010

101 MITOS DE LA BIBLIA 5º - de Gary Greenberg




Mito 86: El Sol se detuvo sobre Gabaón

El Mito: Sol, detente sobre Gabaón; y tú Luna, sobre el valle de Ayalón (Jos 10,12).

La Realidad: El Sol y la Luna se refieren aquí a deidades situadas en su centro de culto de la tierra, no a los cuerpos celestes.

Después de la derrota de Hai, Josué nos dice que las gentes de la cercana Gabaón, una poderosa ciudad, temían un avance del ejército israelita. En consecuencia, varios líderes gabaonitas se disfrazaron de hivitas empobrecidos (un pueblo bíblico que no ha sido identificado arqueológicamente) que venían de una zona apartada. Buscaron a Josué y le ofrecieron una alianza por la que servirían a los israelitas a cambio de protección contra sus enemigos. Josué estuvo de acuerdo. Poco después, los israelitas se enteraron del engaño, pero las alianzas eran sagradas e Israel se sentía obligado por su honor a respetar su compromiso.

Cuando el rey de Jerusalén se enteró de esta alianza, quedó alarmado por el creciente poder de Israel y formó una coalición con otros reyes de la zona para atacar Gabaón. Cuando los gabaonitas se enteraron del plan de Jerusalén, llamaron a Josué para que hiciera honor a la alianza. Josué condujo a sus guerreros a través de la oscuridad de la noche, sorprendió a la coalición enemiga y le infringió una dolorosa derrota. Entonces acaeció un hecho extraño. Josué se dirigió el Señor y el Sol y la Luna dejaron de moverse.

Sol, detente sobre Gabaón; y tú. Luna, sobre el valle de Ayalón. Y el Sol se detuvo, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos (Jos 10, 12-13).

Y el texto continúa:

¿No está escrito en el libro de Jaser? El Sol se detuvo en el medio del cielo, y no se apresuró a ponerse durante un día entero. Y no hubo, ni antes ni después un día como aquel, en el que el Señor obedeciera la voz de un hombre, porque el Señor combatió por Israel (Jos 10, 13-14),

Si nos atenemos a la lógica, las órdenes al Sol y la Luna no tienen sentido. Físicamente, el Sol ya está quieto; es la Tierra la que gira alrededor del Sol. Pero concentrándonos en el texto, ¿para qué sirve esta orden? ¿En qué ayuda a Israel que los dos astros se detengan?

Un argumento tradicional dice que un día más largo permitía a los israelitas masacrar a los soldados enemigos antes que pudieran huir al amparo de la noche. Pero los versículos anteriores muestran que el ejército enemigo ya había sido derrotado.

Y sucedió que, cuando huían delante de Israel y bajaban hacia Betorón, el Señor lanzó sobre ellos grandes piedras del cielo hasta Azeca, y muchos murieron; y muchos más murieron por el granizo que los que los hijos de Israel mataron con la espada (Jos 10, 11).

A favor de la idea de que la detención no tenía nada que ver con la necesidad de más luz del día, la narración tampoco describe acciones adicionales realizadas como resultado del movimiento de los astros. Incluso si aceptamos la idea de que Israel necesitaba más luz para completar su matanza, ¿por qué la Luna también tiene que detenerse? ¿Qué importancia tiene para el escenario que la Luna se mueva o no?

Como afirma el texto, no hubo día como aquel ni antes ni después. Un suceso tan milagroso debería haber sido observado y anotado en otros lugares, especialmente entre los numerosos vecinos de Israel que estudiaban cuidadosamente los movimientos del sol y la luna, como los egipcios y los babilonios. Pero no aparece ni el más mínimo indicio en sus escritos o leyendas conocidos de que tan espectacular suceso tuviera lugar. Por lo que se refiere a la evidencia arqueológica, Gabaón, como los emplazamientos de otras batallas de Josué, estaba deshabitado en aquellos tiempos. Volvió a ser acupado hacia el año 1200 a.C.

Para los escribas bíblicos que escribieron el relato, el milagro solar demostraba los imponentes poderes de Dios para alterar los fenómenos naturales y que la victoria de Josué sobre los reyes llegó como presente de Dios. Pero estos editores confiaron en fuentes anteriores, particularmente en el perdido libro de Jaser, para redactar este relato sobre el Sol y la Luna. No sabemos qué decía la narración original o en qué contexto situaba la historia.

MITOS DE LOS HÉROES

El relato plantea algunos interesantes problemas desde el punto de vista de interpretación. En primer lugar, afirma que el Sol y la Luna se detienen en dos lugares diferentes de la tierra, en Gabaón y en el valle de Ayalón. ¿Cómo podía un observador determinar que el Sol estaba únicamente en Gabaón mientras la Luna sólo estaba en el valle de Ayalón? Desde el punto de vista del observador estos son conceptos sin sentido. Ambos astros son fácilmente observables en todo Canaán, asumiendo que pueda verse la Luna cuando brilla el sol.

Colocar la narración en su contexto histórico y literario nos proporciona una solución a esta enigmática afirmación. En tiempos de Josué, el Sol y la Luna eran deidades importantes en el Oriente Próximo y por lo tanto rivales de Yahvé. La orden de permanecer inmóviles significaba sencillamente que se ordenaba a las deidades del Sol y la Luna, adoradas por los enemigos de Israel, que no intervinieran en la lucha ni intentaran obtener venganza. Yahvé era la deidad más poderosa y los dioses enemigos acataban su autoridad. Que la orden incluyera localizaciones precisas significa que las deidades debían permanecer en sus centros de culto y no ayudar al pueblo que los adoraba. La incapacidad de los dioses del Sol y la Luna para ayudar a los enemigos de Israel demostraba el enorme poder que ejercía el dios hebreo.

Aquellos que no aciertan a entender o apreciar las expresiones poéticas suelen tomar el símbolo por la imagen que se esconde tras ellos. Para los escribas bíblicos, profundamente enraizados en la teología monoteísta, las referencias poéticas a deidades antiguas eran difíciles de desentrañar. Como resultado, confundieron la descripción de las deidades del Sol y la Luna con el Sol y la Luna como objetos físicos.

Mito 87: Josué conquistó Jerusalén

El Mito: Entonces cinco reyes de los amorreos, el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis y el rey de Eglón, se reunieron y subieron, ellos y todo su ejército, y acamparon frente a Gabaón y la sitiaron... Y capturó Josué a todos estos reyes y sus tierras, porque el Señor Dios de Israel combatió por Israel ( Jos 10, 5. 42).

La Realidad: Los israelitas no consiguieron conquistar Jerusalén por lo menos hasta los tiempos del rey David, aproximadamente el año 1000 a.C., unos doscientos o trescientos años después de Josué.

Los cinco reyes coaligados contra Israel en Gabaón eran los reyes de Jerusalén, Hebrón, Laquis, Jerimot y Eglón. Josué persiguió a sus ejércitos, atrapó a los reyes que se escondían en una cueva y los ejecutó. El texto nos dice que Josué, después de las ejecuciones reales, se volvió contra sus territorios y los capturó en su totalidad. Pero la conquista de Jerusalén es muy cuestionable. Los versículos que describen la campaña mencionan específicamente la derrota de Hebrón, Laquis y Eglón, pero no hacen referencia a la toma de Jerimot o Jerusalén. No hay más que la afirmación general de que los territorios de estos reyes fueron conquistados. Sin embargo, un poco más adelante del libro de Josué el texto dice: «Por lo que respeta a los jebuseos, los hijos de Judá no pudieron expulsarlos: los jebuseos habitan con los hijos de Judá en Jerusalén hasta el día de hoy» (Jos 15, 63). No sabemos qué día era ese, pero Jerusalén estuvo en territorio de Benjamín y los judaítas no vivieron allí hasta el tiempo del rey David, unos tres siglos después de Josué.

En el libro de los Jueces, 1,8, sin embargo, encontramos una afirmación específica clara de que Josué conquistó Jerusalén e incendió la ciudad. Pero unos versículos más abajo, Jueces también afirma: «Y los hijos de Benjamín no expulsaron a los jebuseos que habitaban en Jerusalén; y los jebuseos han habitado con los hijos de Benjamín hasta el día de hoy» (Je 1,21).

Así pues, La Bíblia atribuye el mismo fracaso a Judá y a Benjamín. Ninguno de los dos conquistó la ciudad, situada en la frontera entre Judá y Benjamín, en el lado de éste último, ni expulsaron a los habitantes. Para añadir más confusión, otro pasaje de La Bíblia narra la captura de Jerusalén en tiempos del rey David, que la convirtió en su capital:

Y el rey y sus hombres se dirigieron a Jerusalén contra los jebuseos, los habitantes de la tierra: que dijeron a David: «No entrarás aquí; ciegos y cojos bastarán para impedirlo» creyendo que «.David jamás entrará aquí». Pero David se apoderó de la fortaleza de Sión: la misma que es la ciudad de David (2 Sm 5, 6-7).

Luego, en tiempos de David, los jebuseos aún vivían en Jerusalén, pero no los judaítas ni los benjaminitas, por lo menos hasta ese día. Este hecho sugiere que los pasajes que hablan de israelitas viviendo en Jerusalén con los jebuseos «hasta el día de hoy» fueron escritos después de que David fuera rey y los israelitas se trasladaran a la ciudad. Todos estos pasajes bíblicos dejan bastante claro que Josué nunca conquistó Jerusalén.

Mito 88: Josué luchó contra el rey Jabín de Jasor

El Mito: Y sucedió que cuando Jabín, rey de Jasor, escuchó estos sucesos, envió embajada a Jobab, rey de Madón, y al rey de Simerón, y al rey de Acsaf... Y Josué entonces se volvió y se apoderó de Jasor, y pasó a su rey por el filo de su espada: pues era antes Jasor la capital de todos esos reinos. Y pasaron por el filo de su espada a todos los vivientes, detruyéndo-los completamente; y ninguno quedó que pudiera respirar; y quemó Jasor con el fuego (Jos 11, 1;10-11).

La Realidad: Pasajes históricamente fiables de La Bíblia muestran que Jabín y Jasor controlaban el norte de Canaán después de los tiempos de Josué.

Después de los incidentes de Gabaón y la captura de las ciudades de los reyes coaligados, Josué se dirigió al norte contra el rey Jabín de Jasor, que organizó a los reyes cananeos del norte para defenderse de Israel. Finalmente, Josué ganó la batalla y quemó la ciudad hasta los cimientos. La evidencia arqueológica, sin embargo, nos indica que la capital de Jabín fue destruida después de Josué, y otras partes de la .Biblia indican también que Jabín y Jasor continuaron floreciendo y controlando el norte de Canaán después de Josué.

En el libro de los Jueces 5, encontramos un poema llamado Cántico de Débora. Nos habla de una terrible batalla entre varias tribus de Israel y una coalición de reyes cananeos. En Jueces 4 encontramos una versión en prosa de la misma historia que identifica al líder de la coalición cananea con Jabín, rey de Jasor, que gobernaba la mayor parte del norte de Canaán. Israel ganó la batalla, derrotó a Jabín y destruyó su reino, aunque no se afirma que la ciudad misma de Jasor fuera destruida.

Puede que el Cántico de Débora sea el pasaje más antiguo de texto bíblico original que ha llegado hasta la versión actual de La Bíblia y probablemente fuera contemporáneo de los hechos que en él se describen, en algún momento del siglo xii a.C. En términos de cronología bíblica, los sucesos descritos en el Cántico de Débora tuvieron lugar no mucho después de los tiempos de Josué, el siglo xm a.C. Esto no deja mucho margen para que Josué matara al rey Jabín y quemara Jasor hasta los cimientos antes de que apareciera otro rey Jabín y dominara el norte de Canaán desde la misma ciudad.

Las evidencias sugieren que en algún momento de la primitiva historia cananea de Israel, se produjo una batalla, real o ficticia, entre los israelitas y el rey Jabín de Jasor. Cuando se escribió el libro de Josué, la tradición ya había asignado esa batalla al periodo en que Israel ya llevaba bastante tiempo asentado en Canaán. Los autores del libro de Josué tomaron prestado el relato y lo reescribieron de forma que el héroe fuera Josué.

Como con tantos otros relatos bíblicos, estamos frente a la misma narración explicada dos veces, con personajes diferentes y una ligera alteración de los hechos.

Mito 89: Josué conquistó Canaán

El Mito: Así pues, Josué se apoderó de toda esta tierra, conforme a todo lo que el Señor había dicho a Moisés; y Josué lo dio en herencia a Israel según su división en tribus. Y la tierra descansó de la guerra (Jos 11, 23).

La Realidad: Los israelitas nunca conquistaron Canaán en tiempos de Josué.

La primera evidencia arqueológica de la existencia de Israel aparece en una estela egipcia erigida en el quinto año del reinado del faraón Merneptah, entre 1235 y 1222 a.C. Esta estela hace referencia a varios poderosos pueblos cananeos incluyendo a Israel, pero a éste lo describe como un pueblo sin tierra. La estela no dice que alguno de los otros pueblos cananeos estuviera sometido a Israel en forma alguna. Por lo tanto, la estela establece un marco temporal razonable para datar los vagabundeos de Israel por el desierto después del Éxodo o su entrada en Canaán bajo el liderazgo de Josué. Por desgracia, durante los siguientes cuatrocientos años, los registros arqueológicos e históricos no nos proporcionan ninguna evidencia contemporánea directa de la existencia de Israel, un vacío ocupado por los reinados de Saúl, David y Salomón. Ni siquiera podemos estar seguros de que el Israel mencionado en la estela de Merneptah sea realmente el Israel bíblico.

Tampoco las evidencias arqueológicas demuestran la existencia de una invasión israelita masiva en tiempos de Josué, a finales del siglo xm y principios del xil a.C. Si se produjo la cadena de sucesos descrita en La Bíblia, deberíamos encontrar evidencias arqueológicos o datos históricos contemporáneos que indicaran una fuerte presencia israelita en las tierras altas del centro de Canaán en las que Josué estableció su autoridad y en las que la tribu de Josué, Efraím, tomó el control del territorio. Lo que descubrimos es que las tierras altas centrales estaban o deshabitadas o muy débilmente pobladas en aquel tiempo.

La evidencia también nos muestra que más de un siglo después de la inscripción de Merneptah, es decir, bastante tiempo después de Josué, se produjo la rápida emergencia de numerosas comunidades nuevas y pacíficas en estas zonas altas. Aunque los restos arqueológicos recuperados en estas comunidades no las conectan directamente con Israel, el contexto histórico y bíblico sugiere que los establecimientos significan una creciente presencia de Israel en las colinas y los territorios circundantes. No hay evidencias de que estas nuevas comunidades aparecieran a la estela de una invasión extranjera, indicando que el ascenso al poder de Israel se produjo a lo largo de varios siglos y no mediante una conquista súbita a finales del siglo xiii.

Para finalizar, no solo los datos arqueológicos desmienten la conquista de Canaán en tiempos de Josué; la propia Biblia afirma que esta conquista nunca ocurrió. El primer capítulo del libro de los Jueces nos presenta una imagen muy diferente de la campaña de Josué, que en términos generales fue un fracaso. Ninguna de las tribus consiguió conquistar el territorio deseado y no hubo más que unos escasos y limitados éxitos. El libro de los Jueces presenta en rápida sucesión una letanía de fracasos: Judá no consiguió expulsar a los habitantes de la llanura; Benjamín no fue capaz de expulsar a los habitantes de Jerusalén; Manases fracasó; Efraím fracasó; Zabulón fracasó, Aser fracasó; Neftalí fracasó; Dan fracasó. Y en Jueces 2, Dios condena a los israelitas por sus fracasos diciendo: «Pero vosotros no habéis obedecido mis órdenes; ¿por qué habéis obrado así? Pues ahora digo: no os los apartaré de delante; sino que los tendréis como enemigos y sus dioses serán para vosotros un lazo».

La mayor parte de Josué fue escrita varios siglos después de los hechos en él descritos. Tanto de los datos arqueológicos como de los bíblicos, podemos ver que el autor del libro apedazó su historia de la conquista a partir de una serie de mitos y leyendas. Su libro sirvió como herramienta de propaganda diseñada para retratar a los hebreos como beneficiarios del dios más poderoso del mundo.

Mito 90: Josué dirigió a Israel después de la muerte de Moisés

El Mito: Entonces, después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, sucedió que habló el Señor a Josué, hijo de Nun, ministro de Moisés, diciendo: «Moisés, mi siervo, ha muerto; así pues, álzate, pasa ese Jordán, tú y todo tu pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel» (Jos 1, 1-2).

La Realidad: El nombre de Josué indica que se trataba de una figura mítica con el nombre de dos deidades egipcias de la creación.

Antes de abandonar las campañas de Josué en Canaán, deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Si la mayoría de relatos de batallas son ficticios, existió Josué en realidad? Pues no, no existió.

La Bíblia suele referirse a Josué como «Josué, hijo de Nun». Este nombre plantea algunas cuestiones. En hebreo el nombre auténtico de Josué es «Jeoshua». Jeho representa las letras JHWH, el nombre del Dios hebreo; muchos israelitas tienen ese elemento en su nombre. Los estudiosos suelen traducir su nombre por «Dios salva» o «Dios es la salvación». (Jeho-shua es también el nombre propio hebreo de Jesús).

Que Josué tenga el elemento Jeho en su nombre nos plantea un problema cronológico. El nombre JHWH no fue conocido por los israelitas hasta que Moisés lo trajo de Egipto en tiempos del Éxodo. Él mismo desconocía el nombre hasta justo antes de volver a Egipto para enfrentarse al faraón. Al aparecer los patriarcas hebreos conocían a Dios bajo el único nombre de Él-Saddai. Éxodo 6, 3 así lo prueba: «Y Yo me mostré a Abraham, y a Isaac, y a Jacob con el nombre de El-Saddai, pero mi nombre Jehová no se lo manifesté» (las traducciones inglesas suelen substituir «Dios Todopoderoso» por las palabras hebreas «El-Saddai». «El-Saddai» significa «'Él' el Poderoso». «Él» es el dios cananeo principal, cuyo nombre fue subsumido por el hebreo Elohim).

Pero Josué ya había alcanzado la edad adulta y servido bajo Moisés en los tiempos del Éxodo. Por lo tanto no podía tener el elemento Jeho en el nombre dado en el nacimiento porque sus padres no podían conocer el nombre y como mínimo, el nombre Josué como nombre hebreo debía haber sido o un cambio en el nombre de Josué después del Éxodo o una invención tardía de los redactores bíblicos. En consecuencia, un editor bíblico añadió la afirmación de que Moisés había cambiado el nombre original de Hoshea por Josué.

Como Josué pertenecía a la tribu de Efraím, puede argumentarse con bastante seguridad que su nombre tenía un origen más egipcio que hebreo y que su personaje adopta un papel mitológico. Efraím era el hijo menor de José y Asenath, su mujer egipcia. Su madre era la hija del sacerdote principal de Heliópolis, un importante centro de culto egipcio y el lugar en que Moisés, como miembro de la casa real, habría recibido su educación. Su nombre completo, «Josué, hijo de Nun», contiene elementos onomásticos de dos de las más importantes deidades egipcias de Heliópolis, Nun y Shu.

El dios Nun representaba la inundación primigenia del principio de la Creación. Removía las aguas y causaba la aparición del dios Atum. Atum, a su vez, daba a luz a un hijo llamado Shu, que representaba el espacio entre el cielo y la tierra, y a una hija llamada Temut, que representaba la humedad. Shu y Temut eran los ancestros de todas las demás deidades egipcias, y algunos textos egipcios dicen que Nun los hizo salir del abismo primigenio.

En la tradición del Próximo Oriente antiguo, los nietos se consideraban hijos de los abuelos, y La Bíblia identifica con frecuencia a los nietos como hijos de los abuelos. En Egipto, por lo tanto, Shu hubiera sido también el hijo de Nun. Este hecho nos proporciona una correspondencia con el nombre de Josué, «Jeho-Shua, hijo de Nun». El único elemento no egipcio en ese nombre es «Jeho», que ya hemos visto no podía ser parte de su nombre original,

El nombre de Josué, por lo tanto, implicaba una deidad conocida como «Shu, hijo de Nun», adorado por los israelitas como figura de culto en los años que siguieron a su partida de Egipto. Al tiempo que Israel se desprendía de sus coberturas culturales egipcias y Jeho llegaba a jugar un papel más resueltamente monoteísta en la vida hebrea, Josué fue relegado de deidad a ser humano. Finalmente, los escribas añadieron la parte «Jeho» del nombre para esconder la imagen de culto que Josué era con anterioridad. Jeho-Shu, el nombre medio egipcio y medio judío que recibió, acabó por ser confundido con la palabra hebrea Jehoshua, que significa «Dios salva».

Mito 97: El rey Saúl se suicidó

El Mito: Y la batalla no fue bien para Saúl, y los arqueros le alcanzaron, y fue herido por ellos. Dijo entonces Saúl a su escudero: «Desenvaina tu espada, y traspásame con ella, para que no me hieran los incircuncisos y me afrenten». Pero su escudero no quería, por el gran temor que tenía. Así pues tomó Saúl su propia espada y se dejó caer sobre ella. Y cuando su escudero vio que Saúl estaba muerto, se lanzó igualmente sobre su espada, y murió con él. Así murió Saúl, y sus tres hijos, y su escudero, y todos sus hombres, ese mismo día, todos juntos (1 Sm 31, 3-6).

La Realidad: La Bíblia ofrece dos versiones de la muerte de Saúl. Que Saúl murió por su propia mano era la versión oficial que daba la corte de David. Estaba pensada para ocultar la verdadera historia, que no dejaba a David en buen lugar.

La Bíblia no ha sido elogiosa con el rey Saúl, al retratarlo como excesivamente sospechoso de David y temiendo lo que éste quería hacerle. Los comentaristas tienden a tratarlo como un maníaco depresivo.

En realidad, Saúl tenía mucho que temer de su joven rival. Al principio, David se había aliado con los filisteos mientras estaban en guerra con Saúl, y cinco años antes de la muerte de Saúl, David lideró la salida de la casa de Judá de la coalición israelita y se autoproclamó rey de Judá. David era un hombre joven y ambicioso, con pocos escrúpulos y ansioso de conquistar el poder.

En una historia bíblica bien conocida, David preñó a una mujer (Betsabé) y se las arregló para matar al esposo y tapar así su papel como padre del hijo de la mujer. En otras ocasiones, proclamaba su sorpresa al saber que oficiales militares habían ejecutado a varios pretendientes a su trono, a muchos de los cuales él profesaba gran amor.

Aunque La Bíblia nos dice que Saúl se suicidó al ver perdida la batalla, conserva también una segunda versión que contiene indicaciones sobre la verdad de la muerte de Saúl. En esta segunda narración, se nos dice que un extraño se presentó en la corte de David y le explicó la muerte del rey Saúl. Según este extraño, llegó adonde se encontraba el rey Saúl, apoyado en su lanza mientras los soldados enemigos lo iban rodeando. Saúl pidió al extraño que lo matara para evitarle la inminente miseria que le venía encima. El extraño así lo hizo y después llevó la corona y el brazalete de Saúl al campo del rey David. Después de escuchar la narración del extraño, David lo hizo ejecutar inmediatamente por matar al rey ungido por el Señor.

En esta segunda narración, mientras Saúl está ocupado luchando contra los filisteos, David está en otra parte, atacando a los amalecitas. El extraño era también amalecita. Aunque las dos batallas están muy separadas entre sí, este amalecita en particular aparece misteriosamente al lado de Saúl cuando el rey está herido por una lanza y lo mata. Lleva entonces la corona de Saúl a David en lugar de llevarla al hijo de Saúl, aparentemente el heredero al trono. David, que afirma no saber nada de la batalla de Saúl antes de que el amalecita le traiga las noticias, hace ejecutar a éste antes de que pueda revelar nada más.

Esta segunda narración nos presenta una muerte de Saúl menos noble que la versión del suicidio, por lo que el primer relato parece ser un intento de ocultar el hecho de que Saúl murió a manos de un soldado enemigo. Mientras la segunda narración deja claro que Saúl murió a manos del amalecita, deja abierta la posibilidad de que el amalecita hubiera estado a las órdenes de David cuando mató a Saúl.

David había estado luchando contra los amalecitas justo antes de que este amalecita apareciera misteriosamente al lado de Saúl y lo matara. El amalecita llevó la corona directamente a David, que no había reclamado públicamente ser el heredero de Saúl aunque supuestamente y en secreto Samuel lo había ungido. Y David mata al mensajero antes de que pueda decir nada más.

La evidencia demuestra que Saúl no murió por su propia espada sino que un amalecita, posiblemente a las órdenes de David, lo remata. Aunque los escribas de David trataron de ocultar todo el incidente afirmando que Saúl tuvo una muerte honrosa, alguien, ya sea de la propia corte de David o que estuviera familiarizado con la muerte verdadera de Saúl, sabía la verdad y preservó la narración que fue incorporada a la historia bíblica del rey David. La fuente más posible de la historia verdadera podría ser Abner, general y guardaespaldas personal de Saúl que en un principio se opuso a la entronización de David pero posteriormente se le unió, o Joab, el principal asesino de David, que se opuso a que Salomón fuera el sucesor de David.

Mito 98: La casa de Judá luchó contra la casa de Saúl en Gabaón

El Mito: Y Abner, hijo de Ner, y los sirvientes de Isbaal, el hijo de Saúl, salieron de Majanaim hacia Gabaón. Y Joab, hijo de Sarvia, y los seguidores de David se pusieron en marcha y se encontraron cerca del estanque de Gabaón: y se sentaron, los unos a un lado y los otros al otro. Y Abner dijo a Joab: «Que se levanten los jóvenes y luchen frente a nosotros». Y dijo Joab: «Que se levanten», y se levantaron y salieron en número de doce los de Benjamín, por Isbaal, hijo de Saúl, y doce de los seguidores de David. Y tomando cada uno a su oponente por la cabeza, le hundieron la espada en el costado; y todos cayeron al mismo tiempo. Y aquel lugar se llamó Campo de los Costados, que está en Gabaón. Y hubo aquel día una fiera batalla ; y Abner fue derrotado, y los hombres de Israel fueron vencidos por lo hombres de David... Y Joab volvió de la persecución de Abner: y cuando hubo reunido a todo el pueblo faltaban diecinueve de los seguidores de David y Asael. Pero los seguidores de David habían herido de muerte a trescientos sesenta hombres de Benjamín y de Abner (2 Sm 2, 12-17.30-31).

La Realidad: Esta historia es en realidad un mito sobre el calendario y trata de una disputa entre un culto solar egipcio y un culto lunar cananeo en Gabaón.

Este mito nos narra una lucha en Gabaón entre las fuerzas del rey David y la casa de Saúl, después de la muerte de Saúl, cuando ambos bandos se disputan el control del reino de Israel. En él encontramos algunos números poco usuales que evidencian el trasfondo mítico de esta historia.

Gabaón, como recordaran, fue el lugar en el que Josué ordenó al Sol y la Luna que se detuvieran, pero ya vimos en el Mito 86 que estas órdenes no iban dirigidas a los cuerpos celestes sino a las deidades asociadas con ellos. Que Josué se dirigiera sólo a estos dos astros indica que los cultos del sol y la luna eran fuerzas bastante poderosas en la región de Gabaón.

La narración se inicia con una batalla entre dos grupos de doce guerreros, todos los cuales mueren en la lucha. Sigue el relato con una escena de persecución y otra batalla. Después de esta segunda confrontación se nos dice que los seguidores de David perdieron «diecinueve de ellos», y el bando rival había perdido «trescientos sesenta hombres».

Los números 19 y 360 tienen importancia en el calendario, al igual que doce contra doce, que suelen significar la batalla entre el día y la noche. El 19 representa un sistema de calendario lunar, mientras que el 360 representa un calendario solar. Es bastante imposible que la aparición de todos estos números en un relato sobre un lugar en el que los cultos solares y lunares tenían una importante presencia sea una coincidencia.

En las culturas que se regían por un calendario lunar, como la babilonia, la griega y la hebrea, se presentaba el problema de cómo seguir el ritmo de los ciclos agrícolas. El calendario lunar de doce meses, que alterna meses de 29 y de 30 días, sólo tiene 354 días, lo que causa que falle la sincronización del calendario con el verdadero año solar agrícola. A menos que se añadiera un mes adicional de vez en cuando, el calendario lunar era inservible para organizar las prácticas agrícolas. Por lo tanto, había que establecer un sistema para determinar cuando añadir este mes, y el primero data de por lo menos el año 2400 a.C. y procede de Sumeria.

En algún momento de su historia, los babilonios introdujeron la idea del ciclo lunar-solar de 19 años conocido como año lunisolar, en el cual se añadían siete meses adicionales en puntos fijos del ciclo de 19 años que mantenían los ciclos lunar y solar en armonía. En el periodo persa tardío, por ejemplo, se añadía un mes en los años acabados en 3, 6, 8,11,14, 17 y 19.

En el año 432 a.C., un matemático llamado Metón ideó para los griegos un ciclo similar y también de 19 años que servía para los mismos propósitos que el babilónico.

Los egipcios también utilizaban un calendario lunisolar, pero éste se basaba en un ciclo de 25 años y funcionaba simultáneamente con el calendario civil solar. Cada 25 años el año nuevo de los dos calendarios coincidía.

El calendario solar egipcio, por otro lado, se componía de 360 días divididos en doce meses de treinta días a los que se añadían cinco días al final del año. Asimismo, los egipcios también dividían el día y la noche en doce partes cada uno.

Puesto que los babilonios utilizaban un calendario lunar de 354 días y un calendario lunisolar de 19 años mientras que los egipcios se regían por un calendario solar de 360 días y uno lunisolar de 25 años, el conflicto entre dos fuerzas, una de 19 y otra de 360, implica un conflicto entre partidarios del calendario solar egipcio y partidarios del calendario lunar babilonio.

Según el relato bíblico, en la primera batalla lucharon dos bandos de doce y todos los componentes murieron en mutuo combate. El tema de «doce contra doce» nos remite a la batalla entre las fuerzas del día (el culto solar) y las de la noche (culto lunar). Como la lucha no se produce ni de día (es decir, el sol) ni de noche (es decir, la luna) el resultado es un empate. Pero a continuación se produce otro conflicto. En él, las fuerzas de David pierden 19 hombres, lo que los asocia con el culto lunar, mientras que el ejército de Isbaal pierde 360 hombres, lo que los asocia con un culto solar. Como David ganó la batalla, el relato, en términos mitológicos, muestra la derrota en Gabaón de un culto solar frente a un culto lunar.

Con toda probabilidad, el libro procede del libro de Jaser y fue incorporado a la historia bíblica por editores posteriores. No podemos saber si estos redactores conocían el mito subyacente a la narración. Su asociación con David y Saúl puede sugerir que Israel, de acuerdo con sus raíces egipcias, siguió utilizando durante un tiempo el calendario egipcio y cuando David se convirtió en rey de Israel, substituyó el calendario lunar local, provocando conflictos entre los sacerdotes rivales que celebraban fiestas religiosas diferentes siguiendo uno u otro de los calendarios rivales.

También podría suceder, sencillamente, que el mito, aunque trate de una lucha en Gabaón entre dos cultos rivales, no tuviera nada que ver en su origen con David y Saúl y los redactores bíblicos, sin ser conscientes del significado subyacente, extrajeran el relato de la batalla del mito y lo añadieran a la historia de David, tratando de aumentar su reputación de gran líder.

Mito 99: Salomón no impuso trabajos forzados a Israel

El Mito: Y toda la gente que quedó de los amorreos, de los jéteos, de los fereceos, de los hivitas y de los jebuseos, que no eran hijos de Israel, sus descendientes que quedaron después de ellos en la tierra y a los que los hijos de Israel no habían podido destruir totalmente, Salomón les impuso un tributo de trabajos forzados hasta el día de hoy.

Pero a los hijos de Israel Salomón no les impuso el tributo; eran sus hombres de guerra, y sus servidores, sus príncipes y capitanes, jefes de sus carros y su caballería (1 Re 9, 20-22).

La Realidad: El amplio uso de trabajadores forzados israelitas llevó a la división entre Israel y Judá.

El rey Salomón inició la construcción de varios edificios de grandes proporciones a lo largo de su reinado. Además del gran templo, «construyó su propia casa, y Milo, y la muralla de Jerusalén, Jasor, Meggido y Guezer». Surge la pregunta de cómo pagó las obras y quién hizo el trabajo. El papel más importante lo jugaron el trabajo forzado y los impuestos altos.

Los escribas judaítas, deseosos de respetar y aumentar la reputación de su querido héroe, afirmaban que sólo los no israelitas habían sido sujetos a esclavitud, «los amorreos, los jéteos, los fereceos, los hivitas y los jebuseos, que no eran hijos de Israel». A pesar de esta afirmación, el relato de Salomón deja poco margen para dudar sobre si los israelitas se vieron sujetos a cargas enormes. En un punto de la historia, se habla de doscientos mil trabajadores forzados.

Y el rey Salomón hizo una leva en todo Israel; y la leva era de treinta mil hombres. Y los envió al Líbano. Diez mil cada mes, por turnos: un mes lo pasaban en el Líbano y dos en casa: y Adoniram era el prefecto de la leva. Y Salomón tenía además sesenta mil hombres para el transporte y ochenta mil leñadores en el monte; sin contar los oficiales de que disponía Salomón al frente de las obras, tres uní trescientos, que mandaban a los trabajadores. (I Re 5, 13-16).

Más tarde, con ocasión del enfrentamiento entre Israel y Judá sobre la sucesión de Salomón, los israelitas se ofrecen a aceptar al hijo de Salomón como heredero tan sólo bajo ciertas condiciones: «Tu padre hizo muy pesado nuestro yugo: así que haz que el peso del servicio sea más ligero y te serviremos» (1 Re 12, 4).

A lo que responde Roboam: «Mí padre hizo pesado vuestro yugo, y yo lo haré aún más pesado; mi padre os azotó con azotes, pero yo os azotare con escorpiones» (1 Re 12, 16).

Por supuesto, esta oferta de de peores tratos encuentra pocos dispuestos a aceptarla.

Entonces, cuando todo Israel vio que el rey no le escuchaba, el pueblo contestó al rey diciendo: «.¿Qué tenemos que ver con David? No tenemos heredad con el hijo de Isaí. ¡A tus tiendas, Israel!. ¡Provee tu casa, David!» E Israel se retiró a sus tiendas (1 Re 12, 16).

Después de esta confrontación, Israel se separó de Judá y Jeroboam fue rey de Israel mientras Roboam lo era de Judá. La imposición del trabajo forzado a los israelitas por parte de Salomón fue la causa de esa separación.

Mito 100: Daniel predecía el futuro

El Mito: A estos cuatro moZos otorgo Dios sabiduría y entendimiento en todas las letras y ciencias: v Daniel interpretaba todas Lis visiones y sueños (Dn 1, 17).

La Realidad: Las predicciones atribuidas a Daniel Fueron escritas después de que acaecieran los sucesos descritos en su historia.

El libro de Daniel puede dividirse en dos categorías de narración. Una nos habla de cómo los judíos, durante la Cautividad de Babilonia consiguen, gracias a su fe en Dios, posiciones preeminentes en países extranjeros. La otra describe e interpreta una serie de sueños y visiones sobre extrañas criaturas y sucesos poco usuales.

En la primera categoría, encontramos la historia de Daniel en el foso de los leones y la de Sidraj, Misaj y Abed-Nego en el horno encendido. En cada uno de estos relatos, el personaje central desafía una orden de Nabucodonosor que entra en conflicto con su adoración de Dios. Como castigo reciben la muerte. Pero en cada caso un ángel de Dios aparece para protegerlos. Cuando aparecen sin daño alguno al final de su ordalía, el rey los eleva a cargos de gran autoridad del reino, Daniel, el personaje central, había sido bendecido por Dios con el don de la interpretación de los sueños, lo que le permitía predecir el futuro. Lo habían llevado a Babilonia en el 587 a.C., cuando el rey Nabucodonosor conquistó Judá y expulsó a los hebreos de Canaán. Daniel y tres compañeros fueron apartados de los demás y educados en la academia real. Como en el caso de José, las habilidades de Daniel para la interpretación de los sueños le llevaron a obtener gran autoridad en el reino.

Daniel nos presenta una serie de sueños poco usuales que cuando son interpretados revelan los sucesos políticos del futuro hasta los días finales. En un episodio, por ejemplo, Nabucodonosor ve en sus sueños una criatura inusual y amenazadora. Su cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, la barriga y las caderas de bronce, las piernas de acero y los pies de acero y barro. A los pies de la criatura se lanzo entonces una piedra y la entidad se rompió en piezas diminutas. La piedra que destruyó a la estatua se convirtió en una montaña que ocupó la tierra entera.

Daniel explica el sueño de Nabucodonosor. El mismo Nabucodonosor es la cabeza de oro, soberano de un reino glorioso y fuerte. Pero después de su reinado, se alzará un reino inferior (simbolizado presumiblemente por las partes de plata), seguido por un tercero, de bronce, que gobernará todo el mundo. Un cuarto reino será tan poderoso como el acero pero se disgregará. Después, el Dios de los cielos establecerá un reino que durará para siempre.

A medida que se narran otros sueños, el futuro se hace más claro. Éstos reflejan un desfile de acontecimientos históricos en los que el imperio caldeo de Nabucodonosor es reemplazado por el de los persas y los medos y finalmente por el de los griegos, del que se separan cuatro ramas. Los historiadores que han estudiado las profecías han trazado una precisa línea de sucesos que finaliza durante el reinado de Antíoco Epífanes (175-164 a.C.), un griego seléucida que persiguió a los judíos. Su cruel tiranía desembocó en la revuelta de los hasmoneos o macabeos que condujo a la liberación de los judíos de la dominación griega.

Este conjunto de predicciones es bastante extraordinario para un hombre que vivió en el 587 a.C., pero en el relato hay una grieta importante. El libro de Daniel describe la sucesión de varios reyes durante su vida y ésta es bastante inexacta.

Daniel nos ofrece esta sucesión de reyes babilonios: 1) Nabucodonosor, 2) Baltasar, hijo de Nabucodonosor, 3) Darío el Meda y 4) Ciro. En otra parte, se nos dice que Darío el Meda era el hijo de Asuero (Jerjes).

La sucesión históricamente exacta sería la siguiente: 1) Nabucodonosor, 2) Evil-Merodac, 3) Neriglassar, 4) Nabónido, 5) Baltasar, hijo de Nabónido, y 6) Ciro, Baltasar no era el hijo de Nabucodonosor sino de un rey posterior llamado Nabónido, y varias de las predicciones de Daniel sobre Nabucodonosor se refieren a hechos de la vida de Nabónido. Así pues, parece que Daniel el Sabio confundía a Nabucodonosor con Nabónido, que en realidad fue el tercer rey que siguió a Nabucodonosor en los registros históricos.

La historia desconoce totalmente a Darío el Meda. Los reyes babilonios conocidos como Darío eran persas y reinaron después de Ciro, el rey persa que derrotó a Nabónido. El Darío histórico fue el padre de Asuero, no el hijo.

Daniel parece ser un profeta con una mejor comprensión del futuro que del presente, lo que conduce a la conclusión obvia de que las predicciones fueron escritas después de los hechos narrados, cuando los sucesos posteriores eran bien conocidas pero la historia anterior empezaba a difuminarse.

Se da la circunstancia de que Antíoco Epífanes es el último rey que aparece en las predicciones de Daniel, por lo que podemos afirmar que las predicciones fueron escritas hacia el año 164 a.C. En favor de esta fecha de autoría, podemos anotar que el autor concluye su historia política con la predicción de que un rey identificado con Antíoco morirá en una batalla en algún lugar entre Jerusalén y el mar Mediterráneo (Dn 11,40-45), pero en realidad Antíoco murió muy al este de Persia, lo que sugiere que el autor sabía de la existencia de Antíoco pero no sabía de su muerte cuando escribía las predicciones de Daniel.

Mito 101: La reina Ester salvó a los judíos de Persia

El Mito: Así pues fueron el rey y Aman al banquete con la reina Ester. Y repitió el rey a la reina en el segundo día del festín: «¿Cuál es tu petición, reina Ester? Pues te será concedida. ¿Qué es lo que deseas? Pues te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino».

Entonces la reina Ester respondió: «Si he hallado gracia ante tus ojos, oh rey, y si place al monarca, que se me conceda mi vida en virtud de mi petición y la de mi pueblo según mi deseo: pues hemos sido vendidos, yo y mi pueblo, para ser destruidos, matados y exterminados. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos y esclavas, yo habría callado, aunque el enemigo no compensaría el daño causado al rey.

Entonces el rey Asuero respondió a la reina Ester: «¿Quién es él y dónde está, el que osa presumir en su corazón de que tal hará?».

Y dijo Ester: «El adversario y el enemigo es el malvado Aman». Entonces Aman se sobresaltó ante el rey y la reina. Y el rey, enfurecido se levantó del festín y salió al jardín del palacio: Y Aman se quedó para rogar por su vida a la reina Ester; porque veía que su desgracia estaba decidida en el ánimo del monarca.

Volvió entonces el rey del jardín de palacio a la sala del festín; y Aman se había precipitado sobre el lecho en el que estaba Ester. Dijo entonces el rey: «¿Acaso querrá también hacer violencia a la reina estando conmigo en el palacio?» Apenas había pronunciado el monarca estas palabras, cuando velaron el rostro de Aman. Y Harbona, uno de los eunucos, dijo en presencia del rey: «En casa de Aman hay una horca de cincuenta codos de alto, que Aman ha preparado para Mardoqueo, el que habló para beneficio del rey». El rey dijo: «Que cuelguen de ella a Aman».

Colgaron pues a Aman de la horca que había preparada para Mardoqueo y se apaciguó la ira del rey (Est 7,1-10).

La Realidad: Originalmente, la historia de Ester no tiene nada que ver ni con los judíos ni con Persia. Se trata de un antiguo pleito entre los babi-

 MITOS DE LOS HÉROES  329

Ionios y los elamitas. El Purim era una celebración babilonia llevada a Judea después de la Cautividad en Babilonia.

El libro de Ester es el único de La Bíblia en el que no aparece el nombre de Dios. Su adopción en el canon bíblico fue objeto de gran debate y controversia tanto entre judíos como cristianos. Superficialmente, pretende ser el relato de cómo el pueblo judío llegó a celebrar la fiesta del Purim. En realidad, es una mezcla de cuentos sobre antiguos pleitos.

La narración tiene lugar en Persia, durante el reinado del rey Asuero (Jerjes, 486-465 a.C.). El libro presenta una serie de inconsistencias históricas. Dice, por ejemplo, que Mardoqueo llegó a Persia durante la deportación a Babilonia en el 587 a.C. (Est 2,6), y queda implícito que Ester va con él. Eso los hace demasiado viejos para haber estado en la corte de Asuero.

Para resumir la historia brevemente, la reina de Asuero, Vasti, desobedece una orden de su esposo frente a otros invitados. Esto produce un gran escándalo y el rey ordena buscar una nueva novia, no fuera el caso que las mujeres de Persia llegaran a creer que tenían el derecho de ignorar los deseos de sus esposos. La búsqueda tiene como resultado la elección de Ester, cuya identidad judía ella mantiene en secreto. El guardián de Ester era su tío Mardoqueo. El malvado de la historia era Aman, un alto funcionario de la corte.

Mardoqueo se niega a hacer reverencias a Aman y el ministro se irrita. A medida que se desarrolla la trama, Aman sufre una serie de humillaciones a manos de Mardoqueo y jura vengarse. Idea una manera de engañar al rey para que éste autorice la destrucción del pueblo judío y el ahorcamiento de Mardoqueo.

Ester, con gran riesgo personal, revela la verdad sobre ella y su inminente destino. Los decretos persas eran irrevocables, pero el rey autorizó a los judíos a defenderse de los ataques y destruir a su vez a las familias de los atacantes. Las fuerzas hostiles disminuyeron en fuerza y los judíos mataron a diez mil enemigos. Aman fue ahorcado en el cadalso construido para Mardoqueo.

La historia de Ester proviene de numerosas fuentes, en una de las cuales la heroína tenía el nombre de Hedisa en lugar de Ester. El redactor bíblico enfatiza que los dos nombres pertenecen a la misma mujer (véase Est 2,7).

En su núcleo, el relato oculta una batalla mitológica entre dioses meso-potámicos. Los nombres Mardoqueo y Ester se corresponden con los de dos de las principales divinidades mesopotámicas, Marduk e Ishtar. El nombre del malvado, Aman, se corresponde con la divinidad principal de Elam, Humman o Khuman y el nombre Vasti con la diosa elamita conocida como Mushti o Shushmushti.

Durante varios siglos, Babilonia y Elam fueron rivales encarnecidos a los que finalmente vencieron los persas. La historia de Ester tiene lugar en Susa, la residencia de invierno del rey persa y antigua capital de Elam.

Alrededor del año 1159 a.C., un rey de Elam llamado Kutir-Nahnunte atacó los territorios babilonios y se apoderó de la estatua de Marduk en la ciudad de E-sagila llevándola con él a Elam. Aunque los hititas y los asirios ya habían realizado actos similares anteriormente, en esta ocasión los babilonios se sintieron especialmente molestos. Un texto dice que el pecado fue «mucho mayor que el de sus predecesores, su culpa excedía incluso la de aquellos». Unas décadas más tarde los babilonios consiguieron recuperar la estatua.

El conflicto entre Mardoqueo y Aman refleja esta antigua humillación y la consiguiente rehabilitación. Aman, que representa a la principal divinidad elamita, intenta apoderarse de Mardoqueo, que representa a la principal deidad babilonia. La estratagema falla y Aman es ahorcado, lo que representa la victoria babilonia sobre el dios elamita.

Entrelazado con la historia de Marduk y Humman encontramos el segundo motivo literario del relato, basado en la batalla entre el rey Saúl y el rey Agag de los amalecitas, uno de los enemigos tradicionales de Israel. En esta batalla, Saúl recibe la palabra de Dios que le ordena destruir hasta el último de los amalecitas. Saúl, sin embargo, respetó la vida de su rey Agag. Este hecho, desde el punto de vista de Judea, marcaba el fin de su legitimidad como rey de Israel y abría el camino a la caída de la casa de Saúl. Samuel, quien dice: «Me arrepiento de haber hecho rey a Saúl», hace que le traigan al rey Agag y lo corta en pedazos.

Ester nos dice que Mardoqueo es un benjaminita, de la misma tribu que Saúl y ambos comparten una genealogía parecida. Saúl era hijo de Quis, y la primera persona que se menciona en la breve lista de los ancestros de Mardoqueo también se llama Quis. Aman, por su parte, es descrito como «agagita, enemigo de los judíos».

Como motivo literario, tenemos un conflicto entre un hijo de Quis y un agagita. Saúl respetó la vida del agagita después de derrotar al enemigo, pero Mardoqueo, a través de Ester, ignoró la solicitud de clemencia y le hizo ejecutar inmediatamente. No repitió el pecado original. En esta ocasión, el benjaminita actuó como lo ordenaba el Señor. Destruyó al enemigo sin piedad.

Al ser ficticia la historia de Ester, no puede servir como explicación de la fiesta del Purim. El nombre Purim procede de una palabra persa que significa «suerte», y en la historia Aman hecha las suertes para determinar los días en los que deberían ser asesinados los judíos. La festividad no tiene connotaciones religiosas y era probablemente una fiesta pagana adoptada por los judíos que la aprendieron en Babilonia, la adoptaron y la llevaron de vuelta a Judea.

Conclusión

La precedente mirada a 101 mitos de La Bíblia nos ha mostrado las múltiples formas en que la historia bíblica evolucionó y cómo se fue transformando por experiencias posteriores.

Empezamos por un examen de los mitos bíblicos de la Creación y vimos que los relatos de las fuentes J y S se originaron en variaciones de los mitos tebanos de la Creación. Procedentes de Egipto, cada una de ellas presenta la narración de forma diferente, revelando diferentes imágenes de la divinidad. La deidad de S es altiva y no tiene interacción personal con la humanidad. La Creación de S es austera, un recitado mecánico de sucesos que se detallan día a día. La deidad de J era personal, antropomórfíca y constantemente se involucraba en la interacción humana. La narración J procede con gran estilo literario, detalle del argumento y desarrollo de los personajes, y se preocupaba profundamente por los temas morales.

En ambas versiones, vimos que el politeísmo egipcio está soterrado y disimulado. S despojaba a las deidades de su persona y las reducía a los fenómenos naturales que representaban. J respetaba la persona pero eliminaba su conexión con los fenómenos naturales, transformando a las deidades en seres humanos cuando S sólo hablaba de los procesos. El relato de J incluía las historias de Adán y Eva, el jardín del Edén y Caín y Abel, historias que han llegado al corazón de la humanidad durante tres mil años.

El minimalismo de S, sin embargo, hacía difícil cambiar la línea de la historia. A pesar de todo, los errores de edición distorsionaron el texto original, haciendo que la Creación durara siete días en lugar de ocho y colocando erróneamente parte del segundo día al principio del tercero. J, por otro lado, que en su origen partía de un estrato egipcio sobre los hijos del cielo y de la tierra, fue confundiendo las historias sencillas de Egipto y con el paso del tiempo les fue incorporando elementos de historias similares procedentes de Mesopotamia. Por fortuna, los redactores bíblicos mantuvieron separados ambos relatos de manera que se pueden examinar fácilmente los méritos de cada uno de ellos.

No fue este el caso del mito del diluvio. Aquí, J y S están íntimamente unidas, en un intento de tejer un único tapiz a partir de múltiples hilos incompatibles. El proceso de desembrollar la madeja nos condujo a descubrimientos interesantes. S, de nuevo, se mostraba mecanicista, haciendo un recitado de los sucesos del diluvio sin poner énfasis en la personalidad o la interacción humana. S se basaba en el calendario solar-lunar egipcio, un ciclo de 25 años usado para determinar las fechas de las festividades religiosas. Las fiestas religiosas de Egipto seguían los ciclos lunares mientras que el calendario civil se basaba en el año solar. El calendario solar-lunar proporcionaba un método para determinar en qué día del calendario civil solar debía tener lugar una actividad religiosa calculada con los ciclos lunares.

El relato J del diluvio es más complicado. En un nivel, trata del calendario agrícola solar de tres estaciones, pero a otro nivel era un mito egipcio de la Creación basado en las tradiciones de Hermópolis. En la teología de esa ciudad, la creación se iniciaba con cuatro criaturas masculinas y cuatro femeninas emergiendo de una gran inundación. Estas ocho deidades, conocidas como Ogdóada, eran al mismo tiempo, y de forma bastante extraña, «padres de» y «la creación de» la deidad creadora primera. Noé y sus tres hijos y sus cuatro esposas se corresponden con las cuatro criaturas masculinas y las cuatro femeninas del mito egipcio.

Como en el mito de la Creación, la narración J del diluvio habría aparecido originalmente antes de la historia de Adán y Eva en el jardín del Edén, pero esta secuencia temporal se alteró cuando los hebreos entraron en contacto con el mito del diluvio de Mesopotamia que situaba la inundación en la décima generación de la humanidad. Como en el relato J del cielo y la tierra, el relato del diluvio de J está entremezclado con los cuentos mesopotámicos, y más adelante este híbrido egipcio-mesopotámico se mezcló todavía con la narración del diluvio de S, alterando el escenario de la historia bíblica al situar el diluvio bíblico en la décima generación de la humanidad.

Si volvemos a colocar el relato del diluvio de J en su original situación cómo un relato de la Creación que precedía a las historias del jardín del Edén, arrojamos nueva luz sobre las inconsistencias que se han hallado entre los mitos de la Creación de J y S y vemos que se trata de construcciones paralelas que siguieron la tradición tebana. Esta teología se inició con el relato hermopolitano del diluvio y se siguió con la historia helio-politana sobre la emergencia del cielo y de la tierra y sus descendientes.

Al colocar el relato hermopolitano del diluvio de J al principio del ciclo, vemos que se ajusta a la línea argumental de S. Ambos empiezan por el diluvio hermopolitano, S despoja de la persona a las fuerzas naturales y J despoja a las fuerzas naturales de la persona. A continuación, ambas proceden de la misma manera contradictoria, explicando la historia heliopo-litana de la Creación del cielo y la tierra y su descendencia.

En la segunda parte nos trasladamos a los mitos de la era patriarcal. Vimos el funcionamiento de los cuatro niveles de construcción de la obra. En el núcleo, vimos que las historias de los patriarcas eran adaptaciones de mitos egipcios sobre la más importante familia de deidades religiosas y políticas, Osiris, Isis, Horus y Set. El mejor ejemplo de este hecho era la interacción entre Jacob y Esaú, donde hemos mostrado que los conflictos entre estos dos hermanos eran un paralelo de los de Horus y Set, las dos deidades gemelas que en la literatura egipcia luchaban incluso en la matriz. Los autores bíblicos tomaron estas conocidas narraciones sobre la más importante de las familias de dioses egipcios que los hebreos llevaron consigo al abandonar Egipto, y las transformaron en historias sobre los ancestros humanos que fundaron la nación hebrea, eliminando al hacerlo la reverencia a cualquier otro dios que no fuera el Dios hebreo.

En un segundo nivel, descubrimos que muchas historias sobre los fundadores reflejaban los conflictos políticos e ideológicos que dividieron a los reinos de Judá e Israel, lo que indicaba un trabajo de edición de los anteriores estratos literarios egipcios en la primera parte del primer milenio a.C., probablemente en el siglo ix a.C. En este nivel, los regímenes rivales intentaron identificar a los fundadores con símbolos asociados a cada uno de ellos. Hemos desentrañado, por ejemplo, versiones diferentes sobre qué hijo de Jacob debía liderar la casa de Israel, la de Judá y la de Efraím, y qué nombres pertenecían a las dos bases territoriales que lide-raban cada reino, o, por tomar otro ejemplo, versiones diferentes sobre qué reino poseía la tumba de la esposa de Jacob.

El tercer nivel combinaba la idea, desarrollada a lo largo de mucho tiempo, de que Egipto era una nación malvada que persiguió a los hebreos antes del Éxodo con la visión, en claro contrate, de Babilonia como la fuerza cultural más sofisticada y respetada del Oriente Próximo a principios del primer milenio a.C. El resultado fue la alteración de las primitivas narraciones sobre los orígenes de Israel en Egipto. Se crearon antecedentes y genealogías falsas para dar a los ancestros de los hebreos y sus familiares un origen babilonio o por lo menos no egipcio. Abraham, por ejemplo, recibió como patria de origen la babilonia «Ur de los caldeos», una expresión anacrónica que revela un punto de vista de mediados del primer milenio. De forma similar, el árbol genealógico de Noé se convirtió en una Tabla de las Naciones que también traiciona una sensibilidad de mitad de milenio a.C en la que se separaba la rama de Noé de la rama egipcia.

El cuarto nivel funcionaba sobre principios mitológicos sencillos, inventando un ancestro fundador con el mismo nombre que un territorio en particular o atribuyendo leyendas a peculiaridades geográficas. Una ilustración de la primera categoría era la identificación de Rubén como primer hijo de Jacob porque Rubén fue el primer territorio que colonizó Israel después del Éxodo. Un ejemplo de la segunda sería la historia de la esposa de Lot convirtiéndose en un pilar de sal en una región famosa por sus depósitos salinos.

En la tercera parte, examinamos los mitos sobre los héroes bíblicos, desde Moisés a Ester. En la historia de Moisés, vimos cómo los temas literarios egipcios influenciaron la historia biográfica. Las primeras fuentes identificaban a Moisés con el niño Horus egipcio, el legítimo contendiente por el trono a la muerte del faraón reinante. Más tarde, los escritores lo convirtieron en el dador de Los Diez Mandamientos y otras leyes, aunque nunca fue el autor de tales documentos. A este respecto, vimos como los líderes religiosos del siglo vil a.C. intentaron aumentar su autoridad poniendo sus ideas en boca de un héroe respetado como Moisés, una práctica literaria común en el Próximo Oriente que no es en absoluto patrimonio exclusivo de los hebreos.

CONCLUSIÓN  337

También en los mitos de los héroes, vimos como las discrepancias entre las diferentes facciones religiosas y políticas generaban cuentos y leyendas sobre los tiempos pasados. En esta categoría, vimos cómo Aarón era falsamente acusado de construir el becerro de oro o como se acusaba injustamente a Moisés de desobedecer las órdenes de Dios en Meribá.

Aunque, y de forma más importante, también vimos cómo los hebreos adoptaron leyendas y mitos heroicos de otras culturas y las convirtieron en propias. La historia de Sansón derribando el templo, por ejemplo, procede de un mito egipcio, y la historia de Ester es una adaptación a los propósitos hebreos de una leyenda babilonia. Débora era otra deidad egipcia cuya historia se transformó en el relato de una heroica mujer hebrea. Tampoco ponían reparos los propagandista a atribuir los hechos heroicos de un hebreo a otro, como vimos en el caso del cronista del rey David que atribuyó a David la muerte de Goliat cuando la hazaña pertenecía a Elijanán, uno de sus soldados.

Sí, La Bíblia es una recopilación de mitos, pero mitos que revelan mucha verdad sobre la historia antigua del pueblo de Israel, al igual que los yacimientos arqueológicos revelan verdades sobre las gentes que con ellos vivían. Mientras los estudiosos debaten y discuten sobre si los patriarcas existieron o si Israel habitó en Egipto, se produjo un Éxodo o el rey David conquistó Jerusalén, las estratificaciones de La Bíblia nos proporcionan la historia. A pesar de la falta de evidencias arqueológicas de la historia primitiva, los artefactos mitológicos nos muestran claramente que la religión israelita tiene una larga historia que se remonta por lo menos al periodo patriarcal, que Moisés se enfrentó al faraón, Israel salió de Egipto y existió una monarquía unitaria que se separo en dos partes.

Además, a pesar de que la historia bíblica no coincide con los estándares actuales de la escritura de la historia, los textos nos muestran que, a pesar de la reputación de Heródoto como padre de la historia, los primitivos escritores hebreos, los autores de las fuentes J, S, P y D, inventaron el género y fueron los primeros historiadores verdaderos. Integraron enormes cantidades de información y tradición, escribieron unos grandiosos relatos épicos de los orígenes de Israel que abarcan varias generaciones y en el proceso crearon una bellísima literatura. Irónicamente, es ese mismo acto de incorporar el material mítico en sus narraciones lo que nos permite dar validez a la gran cantidad de material que quedó mera de los registros históricos.

Lecturas de ampliación

Las obras de referencia que recomendamos a continuación van dirigidas al lector corriente que quiere ampliar su exploración de algunos temas e ideas que este libro suscita. La mayoría de las publicaciones que se mencionan deberían estar disponibles en las librerías y las buenas bibliotecas.

La mejor obra de referencia sobre la hipótesis documental es el Who wrote the Bible? (¿Quién escribió La Bíblia?) de Richard Elliot Friedman (Summit Books), que explica la historia y evolución de las fuentes J, E, S, y D, y muestra cómo influyeron en la escritura de los cinco primeros libros de La Bíblia. El apéndice contiene una útil tabla que separa los versículos bíblicos según su fuente y también incluye una bibliografía de los más importantes trabajos académicos sobre historia bíblica. Recientemente, el mismo autor ha publicado The hidden Book in the Bible (El libro oculto en La Bíblia) (Harper San Francisco), que extrae el texto de la fuente J de la Tora y la presenta como una narración continua. También sigue la pista de lo que él cree es la mente J en otros libros de La Bíblia. Aunque esta visión extendida de J no ha recibido todavía la aceptación generalizada del mundo académico, Friedman es un estudioso muy respetado en el campo del estudio crítico de las fuentes y sus puntos de vista tienen cierto peso.

Existen así mismo numerosos comentarios académicos sobre cada libro de La Bíblia, y muchos de ellos tienen en consideración el papel de las fuentes J, E, S y D en los cinco primeros libros. Una de las mejores obras de referencia en este terreno es Anchor Bible, consistente en un volumen separado para cada libro de La Bíblia, con traducción y comentarios a cargo de un estudioso de primera fila para cada volumen en cuestión.

Los diccionarios de La Bíblia ofrecen una buena manera de obtener información rápida sobre una persona o tema en particular. Uno de los mejores es el Anchor Bible Dictionary, que contiene numerosos comentarios académicos a cargo de expertos en estudios bíblicos. Aparecido hace pocos años, contiene no sólo la más reciente información sobre los yacimientos arqueológicos del Próximo Oriente, también resume los diferentes puntos de vista de varios estudiosos sobre un tema en particular de muchas áreas de estudio. También ofrece la ventaja de publicarse de forma separada en CD-Rom.

Entre otros diccionarios útiles sobre La Bíblia encontramos el Harper Collins Bible Dictionary, editado por Paúl C. Achteimer junto con la Society of Biblical Literature, una de las organizaciones líderes para estudiosos bíblicos, y el Harper's Bible Dictionary, editado por Madeleine S. y J. Lañe Miller.

La era cibernética ha dado entrada a varios paquetes de estudios bíblicos computerizados, que ofrecen traducciones múltiples y la opción de búsqueda instantánea de todos los versículos que contienen una palabra o expresión en particular. Además, muchos de estos paquetes ofrecen obras de referencia integradas que incluyen concordancia de palabras fuertes, diccionarios hebreos y griegos con definiciones y diccionarios y atlas bíblicos. Uno especialmente útil es Quick Verse (Versículo Rápido) de Parsons technology, que puede encontrarse en tiendas de software especializadas.

Para el estudio de la mitología del Próximo Oriente, una buena obra de introducción general es Mythologies of the Ancient Worid (Anchor, Doubleday), editada por Samuel Noah Kramer, un experto destacado en textos del Próximo Oriente. Cada región está tratada por un experto y cada escritor proporciona una introducción y un análisis de los mitos relevantes. El mismo Kramer escribe la introducción y la sección sobre Sumeria y Acad.

Hay varias enciclopedias bellamente ilustradas sobre mitología general que cumplen la misma función, entre ellas encontramos: Mythology: An Illustrated Encyclopedia (Rizzoli), editada por Richard Cavendish, la New Larousse Encyclopedia of Mythology (Putnam), Egyptian Mythology (Paúl Hamiyn) y Near Eastern Mythology (Hamiyn) de John Gray.

Para aquellos que prefieren leer los textos antiguos en lugar de resúmenes, la obra de referencia fundamental es Ancient Near Eastern Texts Relating to the Oíd Testament (Princeton University Press), editado por James B. Pritchard. Se trata de una colosal recopilación de documentos del Próximo Oriente antiguo procedentes de diferentes culturas y con sucintas introducciones al material. El mismo autor dio a la imprenta un volumen de acompañamiento de nombre The Ancient Near East in Pictures (Princeton University Press). Es bastante improbable encontrar la versión completa de ambas obras fuera de una biblioteca, pero hay una versión muy resumida en dos volúmenes en rústica que se pueden encontrar en librerías.

Para una traducción de los mitos babilonios de la Creación y el diluvio habría que leer las dos obras de Alexander Heidel, The Gilgamesh Epic ana Oíd Testament Paralleis (University of Chicago Press) y The Babylonian Génesis (University of Chicago Press). Génesis in Egypt (Van Siclen), de la Yaie Egyptological Studies, ofrece una buena perspectiva de algunos textos egipcios de la Creación.

El único texto substancial que explica el ciclo mitológico de Osiris nos lo proporciona el escritor clásico Plutarco en su Isis ana Osiris. Suele encontrarse resumido en la mayoría de textos sobre los mitos egipcios, pero la Loeb Classic Library ofrece el texto completo en edición bilingüe griego-inglés en el quinto volumen de su edición de las Moralia de Plutarco. Existen también varias colecciones sobre la literatura del antiguo Egipto que ofrecen una traducción de The Contendings of Horus and Set (Las disputas de Horus y Set); entre ellas encontramos The Literature of Ancient Egypt (Yaie University Press), editada por William Kelly Simpson, y Ancient Egyptian Literature, Volume II (University of California Press), a cargo de Miriam Lichteim.

Entre los autores clásicos que escribieron sobre el antiguo Egipto tenemos a Heródoto, Diodoro Sículo, Plutarco y Josefa Flavio (en sus Antiquitates iudaica). Egypt ofthe Pharaohs (Oxford University Press) es una historia general de Egipto escrita en 1961 que se ha convertido casi en un clásico, mientras que A History of Ancient Egypt (BlackweII), de Nicolás Grimal, publicada en 1994, ofrece una visión de conjunto puesta al día.

Para un estudio general de Mesopotamia, un buen punto de partida sería Summer ana the Summerians (Cambridge University Press), de Harriet Crawford, y Babylon (Thames and Hudson), de Joan Oates. Es también muy recomendable el bellamente ilustrado Cultural Atlas of Mesopotamia and the Ancient Near East (Pactas on File), de Michael Roaf.

Para otras áreas del Próximo Oriente, deberíamos consultar The Sea Peoples: Warriors of the Ancient Mediterranean (Thames and Hudson), de N. K. Sandars; The Secret ofthe Hittites (Shocken Books), de C. W. Ceram, Ugarit and the Oíd Testament (Erdmans), de Peter C. Craigie y The Phoenicians. The Purple Empire ofthe Ancient World (William Morrow), de Gerard Herm.

Para un estudio académico detallado del antiguo Oriente Próximo, es probable que no haya mejor fuente que la Cambridge Ancient History, en varios volúmenes, cada uno de los cuales cubre un espectro temporal y la cultura, política, religión e historia de Egipto, Mesopotamia, Canaán, Siria, Grecia yAnatolia (aproximadamente, la actual Turquía).

Finalmente, y como desafío a los puntos de vista tradicionales sobre los orígenes de la civilización bíblica, recomiendo mi propio The Moses Mystery (Birch Lañe Press), reeditado como The Bible Myth (Citadel). Se opone a la idea bíblica de que Israel evolucionó durante muchos siglos a partir de una cultura semita y nómada en Mesopotamia y Canaán. Por el contrario, yo argumento que los israelitas surgieron de pronto en el Egipto del siglo xiv a.C. como seguidores del faraón monoteísta Akhenatón, y que abandonaron Egipto durante las violentas secuelas de la contrarrevolución. El libro también compara la historia de los patriarcas bíblicos con los ciclos mitológicos egipcios y muestra los paralelismos entre ambos.





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